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Publicado: Mar Ene 14, 2025 10:23 pm Asunto: Una lección tétrica
UNA LECCIÓN TÉTRICA
Javi era un joven de 16 años que vivía al sur de Madrid, concretamente en Vallecas, un distrito de clase trabajadora, y tanto él como su familia no eran la excepción. A pesar de ser gente humilde, no les faltaba lo básico y de vez en cuando se podían permitir un capricho; en definitiva, eran gente normal.
El instituto donde estudiaba Javi estaba cerca de su casa, y de hecho, lo podía ver a lo lejos desde la ventana de su habitación. Durante meses, cada vez que lo miraba le asaltaba la curiosidad, porque ya fuera invierno o verano, se podía ver luz en algunas ventanas hasta altas horas de la noche. ¿Sería el conserje? ¿Qué estaría pasando allí? Se lo contó a un amigo suyo, Diego, que vivía en la misma calle, y resulta que él también había visto esas luces. Pronto, la imaginación de ambos adolescentes comenzó a desatarse y teorizaban razones locas sobre lo que allí pasaba mientras reían. Aquellas irónicas teorías iban desde que el conserje se llevaba allí a sus ligues para darse el lote hasta reuniones de sectas o rituales satánicos.
Un día, estaban paseando por el barrio al anochecer y se fijaron que la puerta trasera de su instituto se encontraba entreabierta. Ambos chavales se miraron durante un segundo y decidieron entrar, movidos por una malsana curiosidad. Abrieron la puerta con mucho cuidado para hacer el menor ruido posible y entraron al patio. Se dirigieron a la parte delantera del edificio, donde vieron aquellas luces encendidas y efectivamente, hoy también lo estaban; y lo que más les llamó la atención es que la luz venía de su clase. Javi y Diego decidieron entrar sigilosamente.
El vestíbulo estaba en penumbra, iluminado solamente por las luces de la calle que se filtraban tímidamente. Aún así, los chicos pudieron ver algo que les llamó la atención: unas huellas húmedas y rojizas, y eran recientes… ¿Sería sangre? Decidieron seguirlas en silencio y el rastro les llevó a un pequeño almacén anexo al taller de tecnología, que se encontraba abierto. Al pasar, lo único que vieron fue un piano y junto a él, una trampilla abierta en el suelo. Escucharon movimiento que venía de abajo y decidieron esconderse detrás del piano. En silencio absoluto, escucharon cómo alguien subía por la trampilla y salía fuera, y cuando los pasos se alejaron, Javi y Diego se colaron por aquella misteriosa trampilla. Al bajar, vieron horrorizados un montón de herramientas manchadas de sangre sobre una enorme mesa, y lo que más les sobrecogió, tarros de cristal que contenían lo que parecían ser corazones humanos. Aterrorizados, salieron de allí, pero antes de irse del instituto, decidieron revisar su aula y averiguar por qué estaban encendidas las luces.
Se asomaron de forma sibilina por las ventanillas de la puerta del aula y lo que vieron les aterrorizó… Varias figuras con túnicas carmesí se arrodillaban y entonaban extraños cánticos ante un altar improvisado con varias mesas. Sobre él vieron el cuerpo de una chica, y al fijarse mejor en ella descubrieron, muy a su pesar, que se trataba de Rocío, una compañera de clase, que yacía inerte en su propia clase. Pasados unos instantes, una de aquellas figuras se acercó al cadáver, sacó un cuchillo, comenzó a horadar el pecho de la pobre Rocío y extrajo de él su corazón, guardándolo después en un tarro como los que vieron hace unos minutos. Una vez depositado, los encapuchados se levantaron y prepararon hachas, serruchos, cuchillos de carnicero y toda clase de herramientas que comenzaron a poner en uso en el cuerpo de la chica. Pero lo peor estaba por llegar; cuando terminaron de despedazar a la víctima, Javi y Diego observaron asqueados y horrorizados que aquella misteriosa gente levantó sus armas y gritó: “¡Gloria a Rasek!” para después comenzar a comerse la carne de Rocío.
Javi y Diego habían tenido suficiente y decidieron marcharse para avisar a la policía; sin embargo, cuando se giraron para irse se toparon con una desagradable sorpresa. Delante de ellos, la figura de un hombre alto, vestido de oscuro y con una siniestra máscara blanca con manchas de sangre se erguía amenazadora mientras les encañonaba con una escopeta SPAS del calibre 12 y les decía: “¿Ya os marcháis? ¿No queréis quedaros al banquete?” Entonces, los adolescentes, quizá debido a la tremenda desesperación por salvar la vida, tuvieron un arrebato de audacia y se abalanzaron contra aquél hombre. Durante unos instantes estuvieron forcejeando y aquel tipo sostenía su escopeta apuntando hacia su boca; entonces, quiso la fatalidad que el arma se disparase, convirtiendo la cabeza del sujeto en una explosión escarlata de muerte y sesos, y alertando a los misteriosos caníbales, quienes comenzaron a perseguir a los muchachos.
Javi y Diego salieron por patas del instituto mientras aquella jauría de locos les trataba de dar alcance. Los chicos corrían despavoridos mientras gritaban pidiendo ayuda. Los criminales estaban a punto de darles caza, pero quiso la suerte que varios policías que patrullaban la zona escuchasen los gritos y fueran raudos a ayudar al par de amigos. Los agentes encañonaron con sus reglamentarias a los encapuchados y les conminaron a tirar las armas. Estos obedecieron y los policías pidieron refuerzos. Pasados unos minutos, llegó un furgón policial y las fuerzas del orden esposaron y descubrieron el rostro de los malhechores. Javi y Diego quedaron estupefactos al ver que eran profesores de su instituto. La policía metió en el furgón a aquellos malnacidos y acompañaron a los chicos a comisaría para que contasen todo lo ocurrido y ambos narraron todo con pelos y señales. Una vez interrogados, los chicos fueron escoltados a sus casas, donde sus familias vieron con preocupación sus caras de terror y tuvieron que explicar lo que pasó.
El caso se hizo eco en las noticias al día siguiente y durante varias semanas la policía investigó de arriba abajo aquel funesto instituto. Confirmaron que los encapuchados que perseguían a Javi y Diego eran varios profesores y que aquel siniestro enmascarado que acabó muriendo por su propio gatillo se trataba ni más ni menos que del director del centro. Los corazones que encontraron en tarros de vidrio fueron llevados a analizar y el resultado fue inquietante: uno de los corazones era, sin lugar a dudas, el de Rocío, y el resto pertenecía a varios alumnos que llevaban tiempo sin acudir a ese instituto. Entonces, cuando Javi y Diego escucharon los nombres de las víctimas, un recuerdo les asaltó; los profesores dijeron hace tiempo que todos esos chicos se habían cambiado de instituto por numerosas razones. ¡Ahora todo tenía sentido! Pero, ¿desde cuándo había ocurrido todo esto? ¿Y quién era ese Rasek al que adoraban?
Los chavales buscaron toda la información posible sobre ese ser y descubrieron en un misterioso libro titulado “Los Cultos Anónimos” que Rasek era un ser al que sus acólitos, llamados también “rasek-jal”, adoraban desde la Prehistoria. Según sus rituales, Rasek les ordenaba sacrificar cada luna nueva un joven cercano a la edad adulta y que sus fieles se comieran su carne en su honor. Él les permitía a cambio quedarse con el corazón del sacrificado y guardarlo, pues creían que cada corazón obtenido hacía más poderosos y más sabios a los rasek-jal. Era un culto tremendamente hermético, pues se dice que tuvo ocho miembros en su origen y esa cifra se ha mantenido durante siglos dado que los nuevos acólitos eran hijos de los anteriores y tenían prohibido reclutar a miembros fuera de su círculo. Para conseguir esa codiciada descendencia, los hombres del culto secuestraban mujeres hermosas y sanas a las que violaban, y tras dar a luz a sus retoños, las mataban y se las comían; mientras, las mujeres rasek-jal buscaban jóvenes bien parecidos y atléticos a los que seducían y se embarazaban de ellos. En un principio, obtenían su prole mediante el incesto, pero descubrieron que los niños desarrollaban problemas mentales, deformidades y/o enfermedades crónicas; por tanto, decidieron buscar una descendencia más apta y a aquellos niños que consideraban “indignos de Rasek” los incineraban. Según cuentan, si no se cumplía la voluntad de Rasek, este se enfurecería con sus súbditos y acudiría a la Tierra, lo que provocaría que el velo que separa nuestra dimensión de la suya se rasgaría y las consecuencias serían fatales para el planeta.
Ambos amigos estaban petrificados al leer esto, pues si era cierto, el culto había sido desmantelado y Rasek caminaría por el mundo. Afortunadamente, siguieron leyendo y encontraron algo que les devolvió la esperanza. Según narraba el libro, la antropofagia vinculaba a Rasek con sus acólitos tanto física como espiritualmente, lo que creaba un nexo a nuestro mundo del cual se alimentaba. Nunca se pudo probar, pues los rasek-jal siempre se las han arreglado misteriosamente para sobrevivir durante milenios, quizás ayudados por aquel ente, pero se cree que para desvincular a Rasek del mundo que lo sustenta es necesario matar a todos sus acólitos, y lo ideal sería aniquilarlos simultáneamente, pues de no ser así, Rasek sentiría que su existencia peligra y trataría de entrar a ese mundo tarde o temprano.
Uno de los miembros había muerto, así que el tiempo jugaba en contra de Javi y Diego. Se dirigieron hacia la comisaría y contaron lo que habían hallado. Los policías, en principio, no les creyeron y pensaron que eran invenciones fruto del trauma que habían vivido, pero en ese momento, en la televisión, apareció una noticia de última hora: del instituto donde aquellos tipos masacraron a varios alumnos estaba emergiendo algo horrible que estaba destruyendo paulatinamente el edificio. De las ventanas rotas, las paredes derruidas y la azotea emanaba una masa palpitante de color carmesí que hervía como la sangre de un guerrero. Entre aquella cosa informe se podían apreciar que asomaban cientos de manos humanas y rostros agonizantes, y en la cúspide de aquella montaña infernal, cuatro tentáculos, cada uno con innumerables fauces con lenguas viperinas y dientes como dagas, se alzaban amenazantes hacia el demoníaco cielo nocturno de Madrid, que rugió tormentoso, como si intuyera que había llegado el fin.
Boquiabiertos, todos los que se encontraban en aquella comisaría contemplaron esa cosa. Creyendo ahora la historia de los chicos, se aprestaron a llamar por teléfono al alcaide del penal donde habían encerrado a los rasek-jal. El alcaide, incrédulo, encendió el televisor y vio en las noticias que le estaban diciendo la verdad. Rápidamente, le dijo al agente que le llamó que le devolvería la llamada en breve, avisó a varios de los guardias y les ordenó que preparasen sus armas. El alcaide y sus hombres, pistola en mano, se acercaron a las celdas donde estaban aquellos fanáticos, y al amparo de la noche, cuando todos los presos dormían, los noquearon y se los llevaron sigilosamente fuera del penal. Una vez lo bastante lejos, tirotearon a los cultistas y quemaron sus cuerpos para no dejar rastro y en parte también por miedo a que las balas no hubiesen hecho su trabajo. Nada más terminar, el alcaide sacó su móvil y llamo a la comisaría diciendo que el trabajo estaba hecho; entonces, los policías y los adolescentes comprobaron con asombro cómo aquel engendro comenzaba a derretirse mientras agonizaba con gritos dignos del peor de los terrores nocturnos. Poco a poco, aquella cosa se fue evaporando hasta que desapareció por completo, dejando el instituto prácticamente en ruinas y el cielo, como si lo sintiera, fue perdiendo gradualmente sus nubes y su color del averno para dar paso a la negrura del cosmos, libre de estrellas y de amenazas.
Todo esto ocurrió en verano, y al llegar el curso siguiente, todos los alumnos fueron reubicados en otros centros; sin embargo, Javi y Diego tenían 16 años y habían terminado el último curso, con lo que ya no tenían nada que hacer allí. Aunque después de todo lo acontecido, tampoco es que les quedasen muchas ganas de volver. El instituto acabó siendo reconstruido e incluso se solicitó que mandasen varios clérigos para bendecir el lugar. Con el tiempo, aquel edificio volvió a la normalidad, pero ninguno de los que estaban de una forma u otra relacionados con él olvidarán jamás aquel día en el que casi lo perdieron todo… literalmente.
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