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Publicado: Mar Ene 14, 2025 10:21 pm Asunto: Malas compañías
MALAS COMPAÑÍAS
Para un animal gregario y social como es el ser humano, es vital rodearse de buena gente y estar lo mejor acompañado posible; sin embargo, y aunque suene ilógico, también necesitamos la soledad, un remanso de paz donde podamos tener intimidad y reflexionar. Hay personas que, bien porque desean alejarse del mundanal ruido o porque no quieren arriesgarse a tener otra mala experiencia con otros que les perjudicaron, buscan estar solos la mayor parte del tiempo; no obstante, ¿qué pasa con aquellos que están solos contra su voluntad? Es una situación muy desesperante, sobre todo si la persona que padece esto es joven, porque siente que lo que le queda de vida será todo un infierno.
Fermín vivía en Madrid, y no soportaba estar mucho tiempo fuera de las paredes de su minúsculo estudio. Para más inri, el bloque donde vivía tenía muros que no aislaban bien el ruido, y él escuchaba todo aquello sintiendo que no podía escapar. Lo único que deseaba era estar tranquilo y en soledad, pues aunque estar acompañado podía ser divertido, no se fiaba en absoluto de la gente, ya que Fermín había sufrido injusticias desde prácticamente toda su vida. Si no confiaba ni en sí mismo, ¿cómo iba a confiar en los demás, tan hipócritas, mezquinos y egoístas? No iba a correr riesgos ni a volver a sentir la decepción, la traición y la inquina de los demás. Ni siquiera veía la televisión, pues sabía que los medios de comunicación eran esbirros de la peor de las gentes, el epítome de la falsedad. Fermín se entretenía con sus videojuegos en sus ratos libres, y se tiraba muchas horas con ellos, pues lograban algo que ninguna persona le podía dar: sinceridad y una desconexión plena de este mundo lleno de psicópatas. Los juegos no se metían con él, no le juzgaban ni le traicionaban, aunque a veces los ruidos de los vecinos tampoco le dejaban jugar completamente tranquilo.
Uno de los poquísimos días que salía de su casa, Fermín iba a hacer un recado y en el camino se fijó que habían abierto una tienda. Era el típico todo a cien que tenía de todo, desde comida hasta material de oficina. Decidió entrar y se percató de que el lugar era inmenso pero claustrofóbico al mismo tiempo; las enormes estanterías creaban estrechos y laberínticos pasillos llenos de toda clase de mercancía de marcas ignotas o falsas, tan típicas de un negocio de estas características. Tras merodear aquel laberinto de pasillos, objetos y cámaras de seguridad que todo lo veían desde aquel techo de pladur, Fermín se dirigió a la salida, pero antes de irse, vio que junto a la caja había un amplio muestrario de llaveros y le llamó la atención uno que tenía un dado de color negro con los puntos rojos. Le gustó mucho y lo acabó comprando.
Al volver a casa, echó el cerrojo y dejó las llaves puestas como acostumbraba a hacer, y tras cerrar, el llavero se balanceó durante unos segundos a causa del movimiento mostrando el número seis. Fermín miró durante un instante aquel dado, contento por haberlo comprado, pues era bonito y le salió a buen precio, aunque le llamó la atención lo bien hecho que estaba para venir de un todo a cien; no era de plástico, parecía un dado de verdad, quizá fabricado con marfil y coloreado. Como siempre, cuando estuvo libre, Fermín se puso a jugar, aunque hoy acabó particularmente molesto porque primero escuchó jaleo en el piso de su vecina, una señora mayor que tenía demencia senil; más tarde, otro vecino se puso a dar martillazos; después, escuchó que otro estaba hablando por el móvil cerca de su puerta y no precisamente a un volumen normal, y por la noche, antes de irse a dormir, escuchaba follar a unos vecinos de arriba.
Al final, aquel sábado por la noche, el ruido cesó ya de madrugada, y Fermín decidió irse a dormir. Recordando todo lo que le habían molestado hoy, comenzó a hablar para sí mismo: “¿Por qué no puedo estar tranquilo? ¿Por qué todo el mundo me molesta tanto? Ojalá mis vecinos dejasen de dar por culo…“ Y se fue a dormir, enfadado, pero con la esperanza de que se le pasase a la mañana siguiente.
Era domingo por la mañana, y Fermín bajó a tirar la basura y a revisar el buzón; entonces se fijó que el portal estaba lleno de muebles y cajas, y aparcada frente a la puerta había una furgoneta. Dos mozos estaban ayudando a cargar todos esos trastos a una pareja joven, a quienes identificó como los vecinos de arriba a los que les gustaba la marcha… ¿Acaso estaban de mudanza? Pues sí; por lo poco que pudo escuchar Fermín, llevaban meses buscando otro sitio donde vivir, y por fin lo habían encontrado. Pensó que el sexo de la noche anterior era para celebrar que hoy se mudaban. Cuando volvió a casa y cerró la puerta como de costumbre, Fermín se fijó que hoy, al acabar el balanceo de las llaves, el dado mostraba el número cinco.
El domingo transcurrió tranquilo y dio paso al lunes. Por la tarde, cuando volvía a casa del trabajo, se encontró a la policía en el portal y vio que se llevaban detenido a un tipo que era aquel vecino tocapelotas que ponía su mierda de música a un volumen inaguantable. Intrigado, Fermín preguntó a los agentes qué ocurría, y le dijeron que una vecina, harta del ruido, les llamó, y al subir al piso del tipo, notaron algo extraño y descubrieron que aquel tío traficaba con drogas, y por eso se lo llevaron. Sorprendido y aliviado, Fermín volvió a su casa, y al cerrar la puerta, como siempre, el llavero se meció, enseñando esta vez el número cuatro.
Al día siguiente, de vuelta del trabajo, Fermín entró al portal y se encontró a dos vecinas hablando. Mientras revisaba su buzón, escuchó decir a una de ellas que estuvo hablando con el vecino que daba aquellos martillazos insoportables y le contó que había terminado por fin de arreglar algunos muebles de su casa, a los que se les habían aflojado varios clavos y estaban a punto de desmoronarse. ¿Sería esa la causa de tanto golpe de martillo? Eso parecía, porque a las vecinas se las escuchaba con cierto alivio. Fermín volvió sonriendo a casa y cuando cerró la puerta, su llavero mostró el número tres y ya empezó a sospechar que aquel dado tan chulo le estaba dando suerte.
El miércoles por la tarde, al regresar de su trabajo, Fermín se quedó de piedra al ver aparcado frente al portal un coche fúnebre, cargando un ataúd y a varias personas llorando. Se acercó al grupo, les acompañó en el sentimiento y les preguntó quién había fallecido. La cara de Fermín cambió por completo cuando le dijeron que la finada era la mujer mayor con demencia senil que vivía a su lado. No daba crédito, pues, aunque muy anciana, aquella señora no daba muestras de tener mala salud física. Con sentimientos encontrados, Fermín se encerró en casa y aquel fatídico dado le mostró el número dos. Presa del miedo y de la culpa, habló directamente al dado, como si supiera que era responsable de todo: “Quiero estar solo y tranquilo, pero no así, no quiero ver a nadie sufrir.”
A la mañana siguiente, Fermín se levantó y se preparó para irse a trabajar. Al bajar por las escaleras no escuchó absolutamente nada, cuando normalmente a esas horas hay algún vecino que también se prepara para su jornada laboral, y esto le dejó preocupado. Su preocupación aumentó cuando salió a la calle y vio aterrorizado que todo estaba desierto; su calle era una de las más pobladas de Madrid, pero hoy no se dejaba ver ningún peatón o vehículo. Desesperado, llamó por teléfono a su oficina, pero nadie respondió; entonces, atenazado por el terror, decidió llamar a varios miembros de su familia, pero ninguno de ellos contestó al teléfono. Fermín, desesperado y atormentado por un terror inconmensurable, profirió un grito y arrodillado en el suelo, comenzó a llorar. Estaba completamente solo.
Con lágrimas en los ojos, Fermín deambuló en solitario por aquellas calles que se le hacían demasiado grandes y en las que únicamente podía oír el silbido del viento y el ruido de sus propios pasos. Aquella gris mañana de invierno en la capital era lo único que le acompañaba. Entre murmullos, se lamentaba de todo lo que había ocurrido y la culpa le corroía. Sacó su llavero y quitó de él ese advenedizo dado. Lo miró en su mano durante unos instantes y comenzó a enfurecerse hasta que gritó a aquel cubo del diablo: “¡Me has jodido la vida completamente! ¡Ojalá no te hubiese encontrado jamás!” Y lo tiró con rabia al suelo. Al terminar su movimiento violento, el dado mostró el número uno y comenzó a derretirse. De repente, Fermín vio como todo a su alrededor se oscurecía, como si de repente anocheciese, pero no era la sombra de la noche, era algo que se tragaba cualquier atisbo de luz. Esa extraña oscuridad fue haciéndose cada vez más densa hasta que finalmente no se veía nada. Desesperado, vio cómo a su alrededor sólo había negrura, como si la nada le hubiese engullido. Entonces, a los pocos segundos, Fermín notó un leve brillo rojizo a su espalda, y cuando se giró, quedó absolutamente paralizado, pues vio que de aquella oscuridad cósmica emergía un enorme y aberrante rostro, de facciones humanas, pero con unos afilados colmillos y seis horribles ojos del color de la sangre, que brillaban como la luz de una sala de revelado. Aquel rostro oscuro comenzó a reír de manera siniestra y dijo: “Esa ha sido tu última tirada”. Tras ello, comenzó a fundirse lentamente en la oscuridad mientras reía y desapareció, y en ese momento, muerto de miedo, Fermín profirió un grito desde lo más profundo de su alma.
De repente la oscuridad se volatilizó, y se encontró sentado en su cama, lleno de sudor. Se levantó, encendió con presteza la luz y miró a sus llaves, viendo con alivio como no había ningún llavero que colgaba de ellas. Se asomó a la ventana y ante él se mostraba un domingo por la madrugada típico de la capital, en el que algún coche pasaba y se podían ver personas que volvían a su casa tras una noche de juerga. Feliz de ver que todo había sido un sueño, dejó escapar alguna lágrima y volvió a dormir.
Nadie supo explicarse por qué, pero desde entonces, Fermín se comunicó frecuentemente con su familia, trató de contactar con viejos amigos, y siempre que podía, quedaba cada fin de semana para pasarlo bien. Incluso en casa, cuando jugaba, aunque ya no tanto como antes, los vecinos no le parecían tan molestos; hasta los saludaba con amabilidad cuando los veía. Parece ser que, al final, Fermín obtuvo lo que buscaba, pero el remedio a sus problemas fue irónicamente lo contrario a lo que él deseaba.
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