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Publicado: Mar Ene 14, 2025 10:17 pm Asunto: La costa de la muerte
LA COSTA DE LA MUERTE
Estoy convencido de que no me creerías si te cuento lo que pasé cuando me fui a aquel lugar para llevar a cabo mi cura de sueño. No sé si atribuir lo ocurrido al mal dormir o a algo… distinto, pero no puedo negar lo que vi.
Como ya sabes, me fui el mes pasado a un lugar remoto y pacífico para tratar de descansar y solucionar mis problemas de sueño. Aprovechando que tengo familia en Galicia, me dirigí hasta allí para visitarlos y para encontrar algún lugar para descansar. Me dijeron que había un antiguo pazo que había sido reconvertido en hotel no muy lejos de Santiago de Compostela, donde viven mis familiares, y pensé que era el sitio perfecto para mi cura de sueño, así que fui a aquel lugar.
Cuando llegué, quedé extasiado con las vistas; los muros casi blancos del pazo, algunos de ellos con enredaderas, emergían de la inmensa llanura verde, como si el edificio hubiera florecido de la misma tierra. Un camino adoquinado llevaba desde la carretera hasta la puerta de aquella majestuosa estructura. A su alrededor, sólo había hierba. Un bosque, el mar y la ciudad se podían vislumbrar a lo lejos, pero daban la impresión de estar tan distantes como si me encontrase en otro continente. Tenía la impresión de que aquí podría gozar del descanso que tanto necesitaba.
Entré al vestíbulo y el interior me fascinó; frente a mi pude ver una escalera doble de mármol con unos suelos a juego, y ambos refulgían bañados por el sol. El astro rey se dejaba ver por un enorme ventanal tras las escaleras y un portón acristalado que conducía al jardín trasero del pazo. Flanqueaban las escaleras varias puertas de estilo neoclásico, y en medio de todo, un elegante mostrador que parecía ser la recepción. Una mujer morena, delgada y algo entrada en años me saludó amablemente con un marcado acento. Me preguntó el motivo de mi viaje y le conté mi problema, entonces ella me recomendó una habitación en la que hospedarme y le hice caso. Me dijo que desde allí tendría las mejores vistas, y tenía toda la razón; esa habitación estaba situada en una de las esquinas del pazo, en el piso superior, y desde sus dos inmensos ventanales se podía ver el campo, el mar y la catedral en el horizonte. Era bastante sobria en lo que respecta a la decoración, pero también bastante espaciosa y muy acogedora. La cama era amplia y tremendamente cómoda, creo que jamás me había tumbado sobre algo similar. Un robusto armario, una mesa y una silla eran el resto de muebles que se podían ver en aquella estancia, y junto a la puerta de la habitación había otra que daba a un cuarto de baño, no muy grande, pero equipado con todo lo necesario.
Tras instalarme en aquel cuarto de ensueño, di una vuelta por el pazo y sus jardines, disfrutando del aire puro y de aquellos paisajes que hacen tan hermoso al norte de España. Era como estar en algún lugar sacado de un cuento de hadas. Decidí dar un buen paseo hasta el bosque que se veía a lo lejos, pero al dirigirme allí, doña Matilde, la mujer que me atendió cuando llegué, se acercó y me dijo que tuviera mucho cuidado si iba al bosque, especialmente al anochecer, pues podría encontrarme con alguien o algo poco deseable y no sería la primera vez que alguien desaparecía por ello. Al internarme en aquel bosque, comenzaron a aparecer nubes y una neblina extraña comenzaba a hacerse cada vez más densa. Entre aquellos inmensos árboles, se encontraba un dolmen de gran tamaño bajo el cual me refugié porque comenzó a llover copiosamente. Me senté bajo ese dolmen, esperando que la lluvia amainase para volver al hotel, y a mi derecha, entre la hierba, distinguí algo brillante. Al recogerlo, vi que se trataba de una moneda dorada, pero era muy extraña, ya que estaba completamente lisa, sin cara ni cruz. Mientras seguía esperando allí sentando, me quedé dormido.
Al despertar, no sólo perdí la noción del tiempo, pues aunque tuve la impresión de haber dado una cabezada corta, habían pasado varias horas cuando vi el reloj. Pero lo más extraño es que no desperté sentado bajo aquel misterioso dolmen, ¡sino tumbado en la cama de mi habitación en el pazo! Miré por la ventana; la lluvia y la neblina cesaron y estaba a punto de amanecer. Cuando me desperté, tenía aquella rara moneda en mi mano derecha. ¿Acaso fue la responsable de esto? Después del desayuno, decidí volver al dolmen que se alzaba en el centro de aquel bosque, pero no vi nada extraño. Me acerqué a Santiago para ver a la familia y aproveché para llevar la moneda a un anticuario con la esperanza de que pudiese proporcionarme información sobre ella. Aquel adusto y enjuto anciano, que parecía tener un pie en la tumba más que en la jubilación, me dijo que la moneda pertenecía al antiguo señor del pazo donde me hospedaba, quien desapareció misteriosamente. Algunos dicen que fue secuestrado, otros apuntan que lo asesinaron al amparo de la noche e incluso hay algunas personas que afirman que aquel hombre se encontró con algo “no humano” y nunca regresó.
Tras ver al anticuario, estuve un rato paseando por la ciudad y hubo un momento en el que sentí ganas de lanzar la moneda al aire y ver qué salía, aunque fuese perfectamente consciente de que el resultado sería el mismo por ambas caras. Decidí hacerlo, aunque más tarde me arrepintiese de ello; entonces, comencé a sentirme cansado y me senté en un banco de la calle, quedándome dormido. Al despertar, me quedé petrificado, pues me hallaba bajo el dolmen del bosque cercano al pazo. Incrédulo, miré la hora, pero esta vez sólo pasaron, a lo sumo, cinco minutos. Eché un vistazo a aquella moneda que me estaba escamando y vi que uno de sus lados ya no estaba vacío, se podía ver lo que parecía ser un hombre con túnica de porte grecorromano portando una guadaña y un reloj de arena, y alrededor de dicha imagen, una inscripción en latín que rezaba así: “TEMPVS FVGIT”. Decidí investigar y descubrí que la inscripción significaba “el tiempo huye”, y que aquella figura que aparecía en el centro podría tratarse de Cronos o Saturno, padre de los principales dioses grecorromanos y representación del tiempo.
Ya era de noche y me dispuse a dormir de nuevo cuando vi algo extraño por la ventana. En el jardín deambulaba un hombre mayor que portaba un fusil. Aquel tipo misterioso miraba en todas direcciones y avanzaba con paso cauto, como si quisiera sorprender a alguien. De repente, el hombre apuntó con su fusil en una dirección y pareció disparar, pero no escuché ningún ruido. Tras el disparo, trató de recargar pero fue empujado al suelo, como si un enorme animal lo atacase. Intentó recoger con presteza su arma y apuntar de nuevo a aquello que parecía atacarlo, pero se desplomó como si le hubieran golpeado duramente, y esto fue lo más raro de todo, comenzó a desaparecer paulatinamente. ¿Quién era? ¿Qué le había ocurrido? Si se estaba defendiendo, ¿quién, o peor aún, qué lo atacó?
Al día siguiente, decidí preguntar a doña Matilde sobre algún hecho fuera de lo común acontecido en el pazo. Me miró extrañada y me preguntó que a qué me refería; entonces le conté todo lo que había pasado. Ella, blanca de la impresión, me dijo que la acompañase y me condujo a su habitación. Cerró tras de sí la puerta con llave y me invitó a sentarme, además de pedirme que, por favor, no hablara con otros huéspedes sobre lo que me pasó y sobre lo que ella estaba a punto de contarme. Me dijo que su nombre era Matilde Pereira y que el pazo se mandó edificar por su bisabuelo, Eulogio Pereira, que en vida fue oficial del ejército español. Un día, mientras paseaba, decidió acercarse al bosque, y tras internarse en él se topó con un dolmen y percibió un brillo a los pies del megalito. Se acercó y vio una extraña moneda dorada sin cara ni cruz, totalmente lisa, y se la llevó. Doña Matilde me dijo que todo esto lo sabía porque su bisabuelo lo dejó escrito en su diario. Su abuelo, al igual que yo, lanzó la moneda lisa al aire una vez y acabó bajo el dolmen del bosque tras haberse quedado dormido. Probó a hacerlo de nuevo y apareció otra vez junto al megalito, y tras dos lanzamientos, se fijó que la moneda ya no estaba lisa, mostraba grabados en ambos lados. Tras ver esto, decidió probar a lanzarla una tercera vez, y tras despertar, se dio cuenta de que en esta ocasión no estaba en el dolmen sino dentro de una cueva y que ya no tenía aquella moneda. Aquella caverna le horrorizó, pues en torno a él sólo veía huesos que parecían ser humanos. Cuando salió, se dio cuenta de que la cueva estaba metida en un acantilado junto al mar. Era de noche y la niebla cubría todo; afortunadamente, no era muy espesa y tras subir el acantilado pudo ver a lo lejos la imagen difuminada del pazo. Al volver, tenía una extraña y horrible sensación de ser observado, como si algún maleante o animal salvaje rondase por allí. Entró a la casa, recogió su fusil y decidió investigar qué estaba pasando; y ese fue su último registro en su diario, no escribió nada más.
Tras terminar su relato, le pedí ayuda a doña Matilde para investigar la zona del jardín donde vi a aquel hombre que muy probablemente fuese el señor Pereira, y decidimos reunirnos allí por la noche, para que el resto de huéspedes no se enterasen de nada. Con linternas en ristre, ambos escudriñamos el lugar y de repente notamos algo que sobresalía entre el césped y que parecía ser un pequeño trozo de metal clavado en la tierra. Intentamos recogerlo, pero parecía estar bien aferrado al suelo; por tanto, doña Matilde me guió hasta el cobertizo del jardín donde encontramos, entre muchos aperos de jardinería, unas palas. Volvimos con ellas al sitio y comenzamos a excavar, y tras remover suficiente tierra, pudimos comprobar que aquel trozo de metal era en realidad un tubo, y que se empezaban a vislumbrar lo que parecían ser huesos. Seguimos cavando y por fin, horrorizados, pudimos ver claramente los restos óseos de una persona, y apoyado sobre su costillar, un fusil oxidado. Doña Matilde se arrodilló ante el esqueleto y comenzó a llorar, pues no cabía ninguna duda, era su bisabuelo, Eulogio Pereira.
Le sugerí a la señora contactar con las autoridades y explicarles lo que habíamos encontrado, pues ellos podrían analizar los restos y determinar lo que le ocurrió. Ella lo meditó durante unos instantes y accedió, pero en lugar de llamar por teléfono, pidió ir personalmente a comisaría y tratar de solicitarles discreción a los agentes. Allí explicamos lo que habíamos encontrado y pedimos por favor que se tratase con la mayor discreción posible. El inspector jefe decidió ir con nosotros a investigar aquel esqueleto. Cuando llegó ante aquella osamenta, se puso sus guantes y comenzó a examinarla concienzudamente. Extrajo de debajo de ella con sus pinzas unos pequeños restos que parecían ser de ropa y los introdujo en una bolsa hermética. En otra bolsa colocó unas pequeñas esquirlas de hueso esparcidas en torno al finado. Después, se fue un momento a su coche para buscar una cámara fotográfica y una tela. Levantó el fusil oxidado y lo envolvió cuidadosamente en esa tela, y con su cámara, comenzó a fotografiar de cerca al esqueleto desde varias posiciones, pues había encontrado unas extrañas fisuras en los huesos. Le preguntó entonces a doña Matilde si consentía exhumar aquel cadáver para poder analizarlo a conciencia; prometiéndola que todo se llevaría a cabo con la máxima discreción y que al zanjar el asunto se le enterraría en el panteón familiar, si ella así lo deseaba. La señora accedió y el inspector, con todo el disimulo posible fue a buscar a varios de sus compañeros para que le ayudasen a llevarse los restos al laboratorio y nos pidió que tapásemos el hoyo. Tras haberlo tapado, volvimos a la cama.
Unos pocos días después, recibimos noticias del inspector, quien se reunió con nosotros en el mismo cuarto donde doña Matilde me habló de su bisabuelo. Tras cerrar la puerta con llave y asegurarnos de que nadie nos había visto, el inspector comenzó a narrar todo lo que él y su equipo habían sacado en limpio sobre el finado. Las pruebas de ADN confirmaron que se trataba de Eulogio Pereira, el bisabuelo de doña Matilde, y que llevaba enterrado allí cien años aproximadamente. El fusil era un Mauser español modelo de 1893 y calibre 7,62 milímetros, el arma estándar de la infantería española hasta mediados del siglo XX, y este presentaba marcas similares a las del esqueleto, que parecían ser de garras pero eran extrañamente limpias, como si al animal o lo que quiera que fuese se las hubieran afilado. En los restos de ropa encontraron sangre que se confirmo tras analizarla que pertenecía al muerto. Estaba claro que Eulogio Pereira había sido asesinado, pero ¿por quién?, o peor aún, ¿por qué?
Decidí llegar hasta el fondo de esto y lanzar la moneda dos veces más, como hizo aquel desafortunado militar. Doña Matilde trató de disuadirme sin éxito, pues no quería que otro sufriese el destino de su bisabuelo; no obstante, al convencerse de que estaba determinado a averiguar lo que ocurría, se agachó ante la cama de su habitación, sacó de debajo un arcón, busco una llave que tenía escondida y lo abrió. Dentro de él, había una escopeta de dos cañones y una canana repleta de cartuchos; seguramente era un recuerdo familiar. Me las entregó y agarrándome las manos, presa del miedo y la preocupación, me dijo que tuviese mucho cuidado y me deseó suerte. Mientras ella se santiguaba, como si pidiera a Dios que me diese fuerzas para enfrentarme a aquello que desconocíamos, yo lancé la moneda al aire y me senté en una silla de la habitación. Al despertar aparecí junto al misterioso dolmen y me fijé que ambos lados de la moneda dejaban de estar vacíos; en uno aparecía la imagen y la inscripción en latín que vi hace unos días y en el otro había otra representación exactamente igual pero mostraba a Cronos sin carne, sólo sus huesos se veían bajo la túnica, y se podía leer otro mensaje en latín que rezaba: “CARO DATA VERMIBVS”. El corazón se me aceleró y tragué saliva, presa del miedo, pero algo en mí me empujaba a continuar. Me senté bajo el dolmen, lancé al aire la fatídica moneda y me quedé dormido.
Tal y como le ocurrió a Don Eulogio, aparecí en aquella terrible cueva y ya no tenía en mi poder aquella moneda. Cargué la escopeta y me dispuse a salir de la cueva. Era de noche y la neblina me envolvía. Miré el reloj, y esta vez me fijé que había pasado bastante tiempo, pues era de madrugada. Cuando salí, vi en la arena unas huellas que no presagiaban nada bueno… Eran algo más grandes que las mías pero de forma triangular, con tres dedos y puntas afiladas, como si fuesen de un ave inmensa, o de un monstruo horrible… Comencé a seguirlas hasta subir el acantilado, estando pendiente de mis alrededores en todo momento. De pronto, escuché una especie de gruñido que al principio parecía canino y que se acercaba lentamente hacia mi posición. Cada vez lo oía más cerca, y me sentí aterrado, pues ya no parecía canino, era de algo más grande. Apunté en dirección hacia esos gruñidos y desesperado grité a lo que fuera que se acercase que se detuviera, y ahí fue cuando mi corazón dio un vuelco, porque los gruñidos dieron paso a una voz profunda que se reía. Estaba cerca, podía escucharlo, e incluso sentía que la niebla se hacía cada vez más densa, pero no veía nada. ¿Acaso se trataba de un ser invisible?
Fue entonces cuando, por fortuna, me fije en una zona en la que la hierba se movía levemente y no precisamente a causa de la brisa; era como si algo la estuviese apartando. No cabía duda, esa era su posición. Cogí aire, apunté en esa dirección y disparé uno de los cañones de la escopeta. Di en el blanco, pero no sabía si estar contento por ello, pues el impacto de los perdigones dejó ver unos chorros de sangre que flotaban al compás del movimiento de aquello que parecía ser una criatura invisible. Al recibir el disparo, la criatura profirió un grito de dolor que me heló la sangre, pues ese lamento de tan grave tono no podía ser humano; parecía salido del mismísimo infierno. Un horripilante rugido salió de la garganta de aquel ser, que reanudó su marcha hacia mí. Le disparé el otro cartucho y salí corriendo a esconderme, tratando de recargar sobre la marcha. Entonces escuché una voz profunda que me gritó: “¡No escaparás!” Al escuchar eso, di un vistazo rápido hacia atrás y pude distinguir más detalles sobre aquella criatura gracias a la sangre derramada, entre otros, una enorme mano que parecía tener larguísimas garras hambrientas de mi carne. Bajé por la cuesta del acantilado de nuevo a la playa, huyendo de aquello, pero al llegar abajo tuve tan mala suerte que tropecé y estuve casi a un palmo de la criatura. Apunté rápidamente hacia esa cosa, pero me adelantó golpeándome con tal fuerza que volé, cayendo en la arena varios metros más atrás y dejando caer el arma. Muy dolorido, traté de incorporarme y vi cómo aquel ser comenzó a hacerse visible mientras se reía malévolamente. Medía aproximadamente dos metros y su piel, salpicada de heridas de perdigón, era blanquecina. Su cuerpo y extremidades eran delgados pero tremendamente fibrosos, como si sus músculos pugnasen por escapar de su pellejo. Sus piernas no eran muy largas, pero sus brazos sí. En manos y pies tenía enormes garras, y especialmente aterradoras eran las de sus manos, casi tan largas como sables. A medida que su espalda ascendía, se ensanchaba grotescamente, dando lugar a unos hombros inmensos, que explicaban en parte su enorme fuerza. Sin embargo, lo peor, lo más terrorífico era su gran cabeza; tan horrenda que si se te apareciese de repente, el susto podría matarte. Poseía una enorme mandíbula sin carne, llena de dientes como dagas, algunos manchados de sangre por los disparos. La piel de su cuello colgaba tirante de su mentón y el resto de su cara, como si de los obenques de un galeón se tratase. En su cabeza sólo se podía percibir piel a los lados y detrás, pues su cara estaba completamente desollada; ni su nariz, ni sus pómulos, ni sus ojos mostraban carne alguna, como si su cráneo quisiera salir disparado. Las enormes y oscuras cuencas de sus ojos estaban completamente vacías salvo por dos puntos de luz carmesí que hacían de pupilas.
Cuando terminó de materializarse y de reír me dijo con su demoníaca voz: “Puedo sentir tu miedo, y es un condimento delicioso para tu carne… Si no te resistes ante tu destino, el viejo Kóbal te promete que no te dolerá… demasiado.” Entonces volvió a reírse y se acercó lenta pero inexorablemente hacia mí. Se me ocurrió algo para escapar; no las tenía todas conmigo de que funcionase, pero era mejor que dejarse matar. Esperé hasta que lo tuve prácticamente al lado, y cuando se dispuso a segarme con sus garras le tiré arena a la cara y logré que se echase para atrás ligeramente. Volvió a prepararse para golpearme, pero me dio tiempo a recoger rápidamente la escopeta del suelo y le vacié el contenido de ambos cañones en la cabeza antes de que me atinase. El estruendoso disparo doble, que sonó como un iracundo rayo de Zeus, convirtió la cabeza de aquel ser en una pulpa sanguinolenta, esparciendo restos de hueso, sangre y carne cual piñata macabra. Su cuerpo se tambaleó durante un par de segundos y se desplomó sobre la playa.
Volví rápidamente al pazo y avisé a Doña Matilde para contarle lo ocurrido. Le mencioné también el nombre por el que parecía responder aquel monstruo y se quedó helada, pues pensó que podría tratarse del nombre de un demonio. Llamó apresuradamente por teléfono a alguien, y pasada media hora, se personó allí un viejo clérigo, el padre Tomás, que conocía desde hace mucho a la familia Pereira, y que resultó ser un consumado exorcista. Tras explicarle todo, nos contó que Kóbal era el nombre de un demonio que disfrutaba devorando y dañando a los mortales. Nos dijo también que matar a un demonio no es tarea fácil, pues si no se acaba con él correctamente, podría levantarse de nuevo. Le llevamos ante el cuerpo de esa bestia lo más rápido posible y el religioso comenzó a realizar un ritual para acabar con él definitivamente. Las oraciones agitaron el cuerpo decapitado de Kóbal, como si aún estuviera vivo y las escuchase. Cuando acabó de rezar, el padre Tomás sacó un salero y un vial de agua bendita de su maletín. Me pidió que abriese el salero y esparciese la sal sobre el cuello de la bestia mientras el regaba con agua bendita el resto de heridas, y cuando la sal y el agua entraron en contacto con el cuerpo del demonio, este se agitó aún más violentamente y, pese a no tener ya cabeza, comenzó a gritar de dolor y a maldecirnos. Poco después, comenzó a arder hasta convertirse en polvo y desapareció.
A continuación, como si el lugar sintiese que dejaba de estar mancillado, la niebla comenzó a levantarse, dejando ver el hermoso paisaje nocturno de la costa gallega. Doña Matilde comenzó a llorar y la abracé; ambos estábamos aún digiriendo todo lo que había pasado, pero sentimos que nos habíamos librado de algo extremadamente pernicioso. A la mañana siguiente, doña Matilde me pidió que la acompañase a la comisaría para explicar lo ocurrido al inspector jefe. Su cara denotaba que no se creía nada de lo que escuchaba, pero no podía negar que las descripciones de las garras de aquel demonio coincidían con las marcas de los huesos de Eulogio Pereira. Decidimos entonces dar el caso por zanjado y al poco tiempo, el inspector cumplió su palabra y los restos del bisabuelo de Doña Matilde fueron puestos en eterno descanso dentro del panteón familiar. Desde entonces y hasta que volví a casa, dormí como nunca durante todas las noches y descansé increíblemente bien.
Es curioso, porque antes de marcharme del pazo, me acerqué a aquel dolmen en medio del bosque pero no vi ninguna moneda, lo cual me tranquilizó. O todo había sido un sueño, o bien, Kóbal desapareció realmente y por eso no encontré nada.
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