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Publicado: Mar Ene 14, 2025 10:07 pm Asunto: El tren número trece
EL TREN NÚMERO TRECE
Madrid es una ciudad muy bulliciosa; es la más habitada de España y su capital, y al contener tanta gente, no es de extrañar que su red de metro esté abarrotada, sobre todo a ciertas horas de la mañana y la tarde, cuando todos los que se ganan el pan van y vienen de sus respectivos trabajos.
Martín era un joven que se acercaba a la treintena y que, como todos los días, entraba al metro para dirigirse a su oficina. Su cara, aunque serena, podía dejar entrever su cansancio físico, mental e incluso existencial. A pesar de que su jornal era decente para vivir en Madrid, ciudad donde cada vez es más difícil encontrar cobijo en condiciones, su trabajo no le terminaba de gustar. En alguno de sus compañeros percibía falsedad, otros se notaba que le hacían la pelota al jefe para poder prosperar de forma poco ortodoxa, y desgraciadamente, su jefe no era la excepción, pues saltaba a la vista que era un incompetente y mostraba total indiferencia para con sus subordinados.
Tampoco ayudaba que cuando Martín se dirigía a su trabajo y salía de allí, el metro estaba abarrotado de gente, de la cual había no pocos que compartían las aciagas sensaciones del pobre Martín. Él los veía y también a sí mismo como ganado, y cuando estaba apretado en el vagón se sentía como si estuviese en un tren que transportaba reses al matadero. Para él, la vida parecía no tener sentido.
Martín esperaba la llegada del metro y este no tardó mucho en entrar al andén, pero cuando estaba parándose vio algo increíble; ese tren estaba casi vacío y pudo tomar asiento. Esbozó una leve sonrisa, pues algo en su día a día salía bien por fin. Se acomodó en su asiento y se puso a escuchar su música de siempre que hoy parecía sonar mejor de lo normal. Tan relajado se sintió que dio una breve cabezada.
Unos pocos minutos después, Martín se despertó súbitamente, pues no quería pasarse de su parada; no obstante, se dio cuenta de que por la megafonía del vagón, la próxima parada era solamente la siguiente a la que se subió. Como se quedó dormido, pensó que el tren tuvo algún problema técnico o algo similar y por eso se tuvo que detener un momento. Volvió a quedarse traspuesto, esta vez vio en el reloj de su móvil que habían pasado veinte minutos. Al fijarse en la hora, Martín se levantó, situándose cerca de la puerta del vagón, listo para salir, pero en la megafonía escuchó: “Próxima estación, Príncipe Pío.” Era la siguiente parada a la que se subió hace casi media hora… ¿Cómo es posible? ¿Acaso ha habido una avería más grave de lo normal? ¿Algún pasajero ha tenido que ser atendido por los médicos, como a veces podía pasar? Era extraño, porque Martín pudo percibir que el tren no se detenía, como si el túnel de repente se hubiese vuelto mucho más extenso.
Fue entonces cuando vio algo de lo que no se había percatado al entrar al vagón; el resto de pasajeros estaban gravemente heridos y sus ropas rezumaban sangre, aunque ellos no parecían sentir dolor ni nada parecido, se comportaban de forma extrañamente normal. Martín sintió que algo no iba bien y comenzó a ponerse nervioso, pero los nervios iban a convertirse en puro terror, pues las luces del tren se apagaron súbitamente y no podía ver absolutamente nada. Pasados unos segundos , probablemente los más largos a los que jamás se enfrentó, la luz volvió a encenderse y fue en ese momento cuando el pánico en el alma de Martín alcanzó su cénit, pues al volver a ver el vagón no quedaba ninguno de los pasajeros y su interior estaba completamente teñido de sangre. Se encontraba tan atenazado por el miedo que ni siquiera profirió un grito, su cara se desencajó en un rictus de puro horror.
De pronto, la sangre comenzó lentamente a moverse; una masa carmesí informe que parecía ser líquida y sólida al mismo tiempo reptaba hacia Martín. Estaba en mitad del vagón y la sangre bloqueaba el paso hacia los extremos, donde se hallaban las salidas de emergencia; por tanto, desesperado por salir de ese atolladero, Martín comenzó a golpear el cristal de la puerta con todas sus fuerzas, hasta que logró salir de allí, cayendo por el hueco que había creado en la puerta. Había ido a parar al oscuro y polvoriento suelo del túnel tras golpearse contra la pared del mismo; tenía algún rasguño, pero logró salvarse.
Anduvo por la lúgubre galería, tenuemente iluminada por alguna rejilla que daba a la calle. Desgraciadamente, se hallaban a gran altura de Martín, con lo que no le quedaba más remedio que seguir adelante. Tras caminar varios minutos pudo ver luz en la lejanía, parecía ser la estación de Príncipe Pío, a la que ese maldito tren nunca llegó. Eufórico al notar cercana su salvación, Martín echó a correr hacia la estación, pero no se percató de que él no era el único que se dirigía hacia allí hasta que fue demasiado tarde. No se sabe si confundió el ruido con el tren del andén aledaño o si la desesperación por escapar le despistó, pero justo antes de llegar a la estación, Martín fue arrollado por un tren y tuvo una muerte horrible.
La policía investigó lo sucedido y de entrada sospecharon que Martín quiso suicidarse entrando a los túneles del metro, pero que más tarde se arrepintió de su decisión, y al volver, fue atropellado. Al menos, eso es lo que parecía al principio cuando hallaron sus huellas entre el mugriento suelo del túnel, pero decidieron no sacar conclusiones precipitadas y solicitaron al personal del metro que les permitieran ver las grabaciones de las cámaras de seguridad. Al rato lograron encontrar el momento exacto del atropello y vieron que el tren que arrolló a Martín no se detuvo ante nada y atravesó el andén de la estación como una bala. Cuando pasaron la grabación en cámara lenta, se percataron de ciertos detalles estrambóticos: El número de identificación al costado de la locomotora no correspondía con ninguno conocido; de hecho, estaba escrito en números romanos, XIII. Se fijaron también que el maquinista no llevaba el uniforme correspondiente; es más, no parecía tan siquiera una persona, era una especie de sombra imposible de describir con exactitud cuya negrura rivalizaba con la del cosmos más profundo salvo por dos puntos brillantes que se presumía eran sus ojos. El último detalle que descolocó a las fuerzas del orden fue que los pasajeros del tren estaban todos heridos y manchados de sangre, y en un momento de la grabación, apareció otro más que se correspondía con la descripción de Martín. Algunos de los agentes pudieron reconocer a varios de los pasajeros de ese extraño tren y afirmaron que eran personas que se suicidaron colándose en los túneles.
Pero, ¿de dónde salió ese tren? ¿Quién o qué era ese maquinista pesadillesco? ¿Acaso todos los pasajeros de ese vagón se habían suicidado? La policía no pudo confirmarlo jamás. Oficialmente, se determinó que fue un suicidio; sin embargo, extraoficialmente, quedó como caso sin resolver. Nadie supo lo que ocurrió de verdad, pero se dice que si te acercas a ese túnel y escuchas atentamente, puedes oír a lo lejos el goteo de la sangre de los que perdieron allí su vida y siempre se percibe la misma cantidad de gotas… trece.
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