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Publicado: Mar Ene 14, 2025 10:19 pm Asunto: El parque rojo
EL PARQUE ROJO
Madrid, como toda gran ciudad, tiene sus luces y sus sombras, y entre esas sombras, lugares poco tranquilos, especialmente si uno se aventura en ellos de noche. Atracos, ajustes de cuentas, peleas entre bandas… pasaba de todo en aquellas zonas abandonadas de la mano de la justicia. Una de ellas es el parque del Pradolongo, situado en el distrito de Usera y cercano también al de Orcasitas. En ese lugar se llegaron a dar noticias sobre robos, puñaladas e incluso una desaparición; sin embargo, desde hace un tiempo comenzó a correr la sangre más de lo normal.
La policía empezó a encontrar cuerpos diseminados por el parque y temieron que anduviese suelto un asesino en serie. El primer fallecido lo encontraron hace un mes; un varón adulto que yacía sobre un banco con los sesos derramados y la nariz cortada. Tras las investigaciones pertinentes se pudo identificar a la víctima: se llamaba Juan López, tenía 35 años en el momento de su muerte, y en sus antecedentes figuraba un amplio historial de adicciones, principalmente a la heroína, y robos menores. Se determinó que su cráneo fue aplastado por un objeto contundente, muy probablemente un bate de beisbol a juzgar por el impacto, y su nariz se le seccionó con un cuchillo de gran tamaño o incluso se podría tratar de un machete.
Unos días más tarde, apareció otro cadáver entre unos setos; un joven cuyo torso era un dantesco espectáculo de cortes y que tenía seccionado el cuello. Su cara era la viva imagen del terror y el dolor. Las autoridades averiguaron que se trataba de Samir El-Kabouni, un chaval de 16 años, de origen marroquí, con antecedentes de atracos con arma blanca y utilizando la técnica del mataleón. Estaba internado en un centro de inmigrantes cercano, con lo que se deduce que era un mena. Todos los cortes en su cuerpo se realizaron con un machete, según las pesquisas policiales, y que probablemente fuese la misma arma con la que cortaron la nariz de Juan López.
Pasada una semana, las fuerzas del orden estaban consternadas cuando hallaron una tercera víctima, y en esta ocasión, el cuerpo tenía varios impactos de bala. Al principio se pensó que sería un ajuste de cuentas, pero la disposición de los disparos daba la impresión de estar hecha deliberadamente para hacer sufrir al individuo, pues tenía un balazo en el gemelo izquierdo, otro en el antebrazo derecho y un tercero en el vientre, con lo que también se deduce que murió desangrado. El muerto fue identificado como Bruno Heredia, un varón de 22 años, de etnia gitana y miembro de un clan dedicado al tráfico de armas, aunque él ya tenía antecedentes desde los 14 años por atracos, palizas y asaltos con arma blanca. Lo último que se sabe de él es que se le atribuye el asesinato de al menos dos miembros de un clan rival. Se descubrió que los balazos fueron producidos por proyectiles de 9 mm subsónicos, por tanto, se utilizó una pistola con silenciador.
El cuarto finado llegó dos noches después, y se lo encontraron desplomado junto a un árbol. Su cuerpo estaba lleno de marcas de golpes y su cara prácticamente desfigurada. No cabía duda; le habían propinado una paliza terrible. Se trataba de Marcos Javier Quiñones, un muchacho de 18 años de origen dominicano perteneciente a la banda de los DDP. Sus antecedentes rebosan casos de palizas y extorsiones. Tras analizar concienzudamente sus heridas, se llegó a la conclusión de que utilizaron puños americanos para golpear a la víctima. Se podía notar cierto desasosiego entre las fuerzas del orden, ya que si una sola persona era capaz de dejar a otra de aquella guisa, y si era el mismo sospechoso que perpetró el resto de asesinatos, sin duda estaban ante alguien tremendamente peligroso.
La policía no sabía a qué atenerse, pues lo único que veían en común es que los asesinados tenían un pasado turbio, y lo más misterioso de todo es que no consiguieron encontrar huellas ni ningún rastro que arrojase luz sobre quién podría ser el agresor. Una quinta víctima fue hallada cinco días después, una mujer cuyas manos fueron cercenadas y su vagina destrozada con un arma cortante. Se llamaba Verónica Fuentes, una mujer de 42 años de la que no encontraron antecedentes, pero que tras investigar más a fondo descubrieron que tenía problemas mentales y fue acusada en varias ocasiones de malos tratos por su ex-marido y sus hijos. Tanto sus manos como su entrepierna fueron salvajemente machacadas utilizando un hacha. Su rostro estaba desencajado por la agonía de sus heridas y el miedo atroz que debió sufrir.
La prensa no daba crédito a lo que ocurría, y mucha gente comenzó a llamar al Pradolongo el “parque rojo”, por toda la sangre que había corrido, esta vez con más virulencia que nunca. Los vecinos estaban aterrorizados por la forma de matar que tenía aquella persona, pero también tenían una extraña sensación de tranquilidad, pues varios de los asesinados habían causado multitud de problemas en la zona. Incluso parte de la policía estaba casi agradecida por la desaparición de algunos de esos indeseables; no obstante, era su trabajo descubrir y capturar a aquel asesino, y a fe que se esforzaron para lograrlo.
El último asesinato tuvo lugar hace dos noches y superó todas las expectativas de las autoridades, pues encontraron los restos de un hombre al que habían castrado y arrancado los ojos. Su nombre era Pablo Rodríguez y tenía 51 años, y al principio no dio la impresión de que se tratase de un criminal, hasta que le investigaron minuciosamente… Antes del comienzo de estos asesinatos, pululaba por la zona un malhechor conocido como el “monstruo del arsénico”; alguien que raptaba niños, los filmaba y fotografiaba para vender esas imágenes en la deep web para después violarlos, torturarlos y envenenarlos. Llegaron a encontrar a alguno de esos niños enterrados en el parque, pero no habían dado caza aún al criminal… Hasta que Pablo Rodríguez fue investigado y hallaron en su domicilio herramientas de tortura, recipientes repletos de arsénico y un ordenador lleno de vídeos y fotografías pedófilas y snuff. Aquel asesino misterioso había acabado con la vida de otro, que no se quedaba atrás en temas de crueldad. Los agentes del orden vieron un patrón y decidieron pedir ayuda a un psiquiatra experto en criminales y el patrón fue confirmado; aquella persona mataba de formas tan rocambolescas para, de alguna manera, castigar a todos esos criminales y tratar de hacer justicia a su modo.
Todavía seguían sin saber quién sería su próxima presa, pero intuyendo los motivos de sus crímenes, las autoridades resolvieron tenderle una trampa. Dada la crudeza de las muertes y que daba la impresión de que todas ellas eran responsabilidad de una sola persona, se tomó la decisión de que los GEO se encargasen de ello. Hicieron correr el rumor de que la “carnicera del sur”, una asesina en serie que torturaba, violaba y despedazaba varones, se había fugado de la cárcel y estaba merodeando el Pradolongo. En realidad, la soltaron por la noche en la zona para utilizarla como cebo mientras los GEOS vigilaban ocultos en las cercanías.
De repente, la asesina escuchó un ruido similar al de un motor, y miró nerviosa a su alrededor, pensando que estaba pasando cerca de allí alguna moto, probablemente de aquel tipo que venía a por ella… Ciertamente, ese individuo fue a por ella, pero no en moto; salió corriendo de detrás de un árbol cercano empuñando una motosierra, y sin mediar palabra, seccionó a aquella asesina por la cintura, partiéndola por la mitad. El ataque fue tan repentino que las fuerzas del orden no pudieron darle el alto a tiempo antes de que la matase, pero habían conseguido rodear al sospechoso y le apuntaban con fusiles de asalto. Aquel hombre, gigantesco, vestido de oscuro, con gabardina y pasamontañas miró durante unos segundos a su alrededor, y entonces, de forma muy calmada y para sorpresa de todos, apagó la motosierra, la dejó despacio en el suelo, se arrodilló y puso sus manos tras su cabeza, entregándose.
Fue investigado hasta la saciedad; se llamaba Arturo Jiménez, tenía 35 años y estuvo en la Guardia Civil hasta que le echaron por acabar con el asesino de su hermano de una forma terrible. Arturo vio cómo moría, y presa de un enorme pesar y una ira asesina, se abalanzó contra aquel criminal, le golpeó hasta desfigurarlo y lo estranguló con sus propias manos, llegando casi a romperle el cuello. Su historial médico denotaba que era una persona atormentada y llena de traumas, pues aparte de perder a su hermano de esa forma, su madre murió de cáncer cuando él era un niño y con 16 años abusaron sexualmente de él.
Al interrogarle, dijo que entró en la Guardia Civil porque no quería que otros sufrieran como él y hasta entonces no tuvo ningún comportamiento digno de escarmiento. Sus antiguos superiores dieron fe de eso, y confirmaron que hasta el asesinato de su hermano, fue un agente ejemplar, y de hecho, le condecoraron en alguna ocasión; elogiaban su diligencia, su disciplina y su profesionalidad. A partir de aquel hecho fatídico, comenzó a tomarse la justicia por su mano, y a varios sospechosos, pese a no matarlos, les hizo pasarlo muy mal, lo que provocó su expulsión del cuerpo.
En los interrogatorios, Arturo afirmó que a cada víctima le propició el destino que merecía y les hizo sufrir exactamente en la misma medida que ellos hicieron sufrir a otros. Dijo que en su vida había sufrido mucho, pero cuando asesinaron a Jaime, su hermano, sintió que todo aquel dolor, todos aquellos infaustos recuerdos del pasado se amontonaban en su mente y le hicieron actuar de ese modo. Estaba harto de tanta injusticia y de aquellos hijos de puta que salían de rositas, escapando de la justicia y del castigo que merecían. Cuando le preguntaron por qué decidió entregarse en lugar de huir o luchar, dijo que lo hizo porque no tenía nada en contra de aquellos agentes, y que, pese a impartir justicia de formas tan “directas”, él sabía en el fondo que lo que estaba haciendo no era del todo correcto y que debía pagar por ello.
Fue juzgado y encarcelado por sus crímenes, pero poco después de su reclusión fue hallado muerto en su celda, colgado. La policía confirmó lo que temían; se había suicidado. ¿Acaso la culpa le corroía y no podía más? ¿Los recuerdos aciagos le pesaban demasiado? ¿O quizá fue el castigo que se impuso por todas las muertes de las que fue responsable, un último acto de justicia para sí mismo? Jamás lo supieron a ciencia cierta, pero al final, de algún modo, logró lo que quería; tal fue la cantidad de rumores sobre aquellos crímenes, muchos de ellos muy escabrosos, que no se volvieron a reportar crímenes en el parque del Pradolongo desde entonces. Es más, algunos agentes que patrullaron por allí de noche vieron atónitos que el lugar estaba completamente desierto, como si los granujas temiesen ser los siguientes. Comenzaron incluso a circular leyendas urbanas sobre al que ya todos llamaban “parque rojo”, e incluso algunos padres amenazaban con dejar de noche a sus hijos allí si se portaban mal. Muchos vecinos, incluso algunos policías, cuando miraban el parque de noche desde sus ventanas o los coches patrulla, sentían un escalofrío seguido de una extraña sensación de seguridad.
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