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Publicado: Mar Ene 14, 2025 10:13 pm Asunto: La vida es un juego
LA VIDA ES UN JUEGO
En el mundo de los videojuegos, se lleva experimentando con la realidad virtual desde los años 90; sin embargo, es a día de hoy cuando se comenzó a perfeccionar. Muchos de los que la han probado han tenido una impresión muy grata sobre lo que podría ser el futuro de los videojuegos. Antes se controlaba al protagonista con mando, joystick, teclado o ratón; ahora nosotros podemos ser casi de forma literal protagonistas de videojuegos.
Pedro vivió alguna vez eso, pues solía frecuentar convenciones de videojuegos, especialmente aquellas que mostraban el último grito en sistemas de realidad virtual. Tenía suerte de ser de Barcelona, pues allí y en Madrid es donde más frecuente era ver ferias de esta índole. Se enteró de una que se iba a celebrar pronto, y cuando llegó aquel fin de semana, Pedro fue de los primeros en acudir al evento.
Aquel enorme recinto parecía sacado de una historia cyberpunk, pues sobre las riadas de gente que deambulaba por allí se alzaban enormes monitores y carteles. Los puestos tenían sistemas de lo más variopinto, que variaban desde lo más puntero hasta verdaderas reliquias del videojuego. Había también un enorme escenario que se utilizaba para dar conferencias y disputar torneos de los llamados “e-sports”, y cerca de allí, Pedro vio lo que estaba buscando; varios puestos con juegos de realidad virtual, de temática variada, albergaban colas de gente ansiosa por probar esas experiencias poco comunes.
De entre todos los puestos, Pedro se fijó que en uno de ellos no había gente y se acercó a preguntar. El encargado de la máquina, un treintañero vestido de manera austera y de mirada despierta, no parecía muy contento porque no se le había acercado nadie antes. Pedro le preguntó sobre el sistema que traía y el hombre comenzó a contarle pormenorizadamente todo lo que sabía sobre ella dejando atrás su cara de decepción. Dijo que se llamaba Jorge, que era ingeniero, y que el sistema lo había fabricado él con sus ahorros; y lo cierto es que la máquina que tenía lucía bien y parecía funcional, lo que denotaba que era todo un genio. Pedro le preguntó si sabía por qué no se le acercaba nadie, y Jorge le contó que probablemente se debiera a que había acuñado cierta mala fama entre gente del mundillo, pues llevaba años tratando de fabricar su sistema de realidad virtual e incluso consiguió financiación, pero todos los que pusieron dinero para su idea tuvieron desgracias, o como mínimo, no recuperaron la inversión; de este modo, Jorge tuvo que ahorrar y sacarlo por su cuenta porque nadie quería ayudarle, incluso empezó a circular el rumor de que su juego estaba maldito.
Pedro no creía en esas tonterías, como él las llamaba, y le pidió a Jorge si podía probar su juego. Este accedió y le explicó cómo colocarse las gafas de realidad virtual y cómo controlar al personaje, o mejor dicho, a sí mismo. Se trataba de un videojuego de terror en el que había que escapar de una granja que era la base de una secta asesina, cuyos miembros vestían capuchas hechas con sacos que sólo dejaban ver los ojos y el mentón, además de tener cortes extraños en los brazos que parecían formar un símbolo de nigromancia. No era muy largo, y de hecho, Pedro lo completó en media hora, pero fueron treinta minutos en los que confesó haber pasado miedo, especialmente las veces que lo mataron. La dificultad era algo elevada, y Pedro murió tres veces en el juego: la primera fue por un cóctel molotov, en la segunda fue degollado por la espalda y en la tercera le volaron la cabeza con una escopeta. Las muertes eran muy truculentas, y eso era lo que Jorge decía que quería conseguir, emular lo mejor posible una película de terror gore. A pesar de la tensión que sufrió en algunos momentos, a Pedro le encantó el juego.
Pasadas varias horas escudriñando la feria, Pedro decidió volver a casa, pues estaba algo cansado y comenzaba a anochecer. Al llegar al portal de su bloque y encenderse la luz, se fijó en algo que se veía en un rincón tras los cubos de basura. ¿Un zapato? ¿Quién lo habrá dejado ahí? Con cierta curiosidad, decidió acercarse a mirar, y fue cuando la curiosidad dio paso a un susto mayúsculo. El zapato era de un hombre que yacía muerto tras los cubos y tenía el cuello abierto, pero lo más terrorífico era que se parecía a Pedro. Decidió subir a casa para avisar a los Mossos y llamó apresuradamente al ascensor. Al llegar a la planta baja y abrirse las puertas, el ascensor mostró en su interior un cadáver sentado en el suelo con la cara destrozada e irreconocible, como si se la hubieran volado. Pedro profirió un grito de terror y subió corriendo las escaleras hacia la quinta planta donde estaba su casa, pero cuando llegó al descansillo de su piso, vio con horror que había un tercer muerto desplomado sobre la barandilla que parecía haber sido calcinado.
Pedro cerró la puerta a cal y canto, y no era para menos, pues estaba claro que había un asesino suelto ¡y en su propio bloque! Apoyado en la puerta de entrada, y sin tan siquiera haber encendido las luces de su casa, llamó a los Mossos y les contó lo que había visto. Le dijeron que permaneciese en su domicilio cerrando bien la puerta y que se personarían allí lo antes posible. Con el corazón en un puño, Pedro se dirigió al salón y trató de calmarse. Encendió la luz, y al hacerlo, se asustó tanto que ni siquiera tenía fuerza para gritar, pues vio al otro lado del comedor a un hombre cuyos ropajes parecían de granjero, con una capucha hecha quizá con la tela de un saco, cortes siniestros en uno de sus brazos y un hacha en el otro. Pedro estaba paralizado, no podía casi ni moverse, y entonces, el oscuro tipo que tenía en frente echó hacia atrás el brazo con el que blandía el hacha y se la lanzó a Pedro, quien lo último que vio fue la fatal arma dirigiéndose hacia su cara.
Minutos después, llegaron los Mossos al bloque y vieron los cadáveres que les mencionó Pedro. Subieron al quinto piso y llamaron a su puerta, pero no contestaba nadie. Tras llamar varias veces, las autoridades temieron lo peor y decidieron derribar la puerta. Armas en ristre, se adentraron cuidadosamente en la vivienda, pero no encontraron a nadie, salvo a Pedro, cuyo cuerpo se hallaba apoyado en la pared y con un hacha clavada en su frente. Lo más extraño de todo fue que el asesino había escrito algo sobre el cadáver de Pedro con su propia sangre. El truculento mensaje decía: “Cero vidas, fin del juego”.
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