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Publicado: Mar Ene 14, 2025 10:11 pm Asunto: El rey milenario
EL REY MILENARIO
Diario del profesor Basilio Segura, catedrático en historia antigua por la Universidad de Salamanca y arqueólogo:
18 de febrero:
En mi viaje me acompaña la profesora Emilie Jane Armitage, una reputada arqueóloga graduada con honores en la universidad de Columbia. Hemos llegado al río Tinto para examinar restos en una cueva que se desconoce cuánto tiempo estuvo oculta y que fue encontrada hace unos días. Lo poco que hemos podido descubrir es que los restos óseos y cerámicos que hemos encontrado hoy son de varios siglos antes de Cristo. Si bien los huesos parecen ser de varones y hembras íberos, la ornamentación de la cerámica no parece íbera. Seguiremos limpiando la zona para averiguar el origen de lo hallado hoy.
19 de febrero:
Hoy ha llovido mucho y hemos tenido que refugiarnos en la cueva durante bastante tiempo hasta que cesó la tormenta. Mientras deambulábamos por allí dentro, tropezamos con algo en lo que no pudimos reparar dado que estaba cubierto por la tierra. Al removerla, observamos atónitos lo que parecía ser una losa metálica con inscripciones. La losa se hallaba en un estado increíble, casi milagroso, de conservación; no se había oxidado y la inscripción no estaba borrada. ¿Qué clase de metal sería ese y cómo habrían grabado la inscripción para que aguantase el paso de los siglos? Dado que las inscripciones no nos sonaban a ninguno, decidimos realizar una investigación para tratar de determinar si eran meros ornamentos o se trataba de un idioma antiguo.
21 de febrero:
Tras dos días agotadores intentando averiguar más sobre la losa, la profesora Armitage dio en el clavo. Logró descifrar la escritura y averiguó que la inscripción estaba escrita en un antiguo idioma hablado por las gentes de Tartessos. Si eso era cierto, entonces quizás podríamos aclarar uno de los mayores misterios de la arqueología.
22 de febrero:
Hoy invertimos el día en tratar de averiguar qué clase de metal se usó para forjar la losa. Se trataba de un material plateado, casi blanco, pero no correspondía ni con plata ni con platino. Tras examinar más detenidamente el material, se determinó que entre su composición estaba el latón y se hallaron restos muy pequeños de sal marina, con lo que se puede deducir que es probable que usaran agua de mar para enfriar el metal. A pesar de que la losa era algo más grande que un torso humano y con unos dos dedos de grosor, pesaba mucho menos de lo que aparentaba. ¿Acaso se forjó a partir de una aleación cuya fórmula se perdió con el paso del tiempo? En un principio se pensó en aluminio, pero no se halló ningún rastro de bauxita en la losa y era demasiado brillante para tratarse de aluminio. Entonces, surgió otra hipótesis, una que sonaba disparatada pero que coincidía más con la realidad… ¿Y si fuera oricalco, aquel metal mítico? Estábamos muy confusos, porque pese a las pruebas, no nos convencía del todo que fuese oricalco; sin embargo, no es la primera vez que se pierde una fórmula en el tiempo, sería un caso similar a la fórmula del fuego griego.
24 de febrero:
La profesora Armitage sugirió volver a la cueva con la losa, pues el mensaje que sacó en limpio de ella podría ser una pista de nuevos hallazgos. La traducción de la inscripción decía lo siguiente: “Los misterios siempre son revelados ante la luz de la verdad”. Tras alumbrar cada recoveco de la cueva, pudimos encontrar un hueco en una de las paredes que parecía tener el mismo tamaño que la losa y estaba cubierto de maleza. Al retirar las hierbas, nuestro asombro no conoció límites, pues encontramos una palanca. Con un poco de esfuerzo, logramos accionarla, y parte de una pared cercana se abrió, revelando unas escaleras de granito que descendían a lo desconocido. Al bajar, nos encontramos ante una gran sala excavada en el subsuelo, con pequeños canales de agua a los lados y una enorme puerta que parecía del mismo metal que la losa. La puerta tenía una cerradura que daba la impresión de ser intrincada y no cedía ni tirando ni empujando. De repente me fijé en el suelo y parecía otra inscripción, esta vez tallada en la piedra. La profesora Armitage la anotó en un bloc y decidimos que volveríamos cuando supiésemos lo que dice.
25 de febrero:
Volvimos a donde llegamos ayer, pues la profesora Armitage logró traducir las inscripciones del suelo, las cuales decían así: “El camino se aclara si se ve desde arriba“. Mirando al techo, pudimos ver un saliente justo encima de la escalera que subía hacia la cueva. Buscamos alguna forma de subir, y al acercarme a una de las paredes, noté que en una parte las rocas dejaban huecos que se podían usar para escalar fácilmente hasta el saliente. Al llegar arriba pude ver con claridad la inscripción que rodeaba todo el suelo y un símbolo extraño en el centro, una especie de estrella de múltiples puntas de las que una sobresalía del resto. Bajé del saliente con cuidado y se lo hice saber a la profesora Armitage. Esa punta señalaba hacia una de las paredes con un pequeño canal de agua. Al examinar la pared, vimos una estrella similar pero diminuta, cuya punta más larga estaba orientada hacia abajo. Al bajar la mirada vimos un pequeño hueco en la pared, casi al fondo del canal. Extendí la mano para ver qué había y noté algo; al sacarlo, vimos que era una llave plateada. Dicha llave encajaba perfectamente en el ojo de la cerradura de la gran puerta. Abrimos la cerradura y la puerta se abrió lentamente. Tras el umbral descansaba una enorme cámara, llena de antiguos artefactos, armas, esculturas, vasijas, monedas y joyas nunca antes vistas, y en el centro, rodeado por tan ingente tesoro, se hallaba un esqueleto con unos ropajes ostentosos sentado en un trono plateado. El trono estaba situado sobre un pedestal de mármol que tenía un bajorrelieve con otra inscripción. No dábamos crédito a lo que acabábamos de encontrar. Rápidamente, fotografiamos todo lo que había en la sala y volvimos a la base para tratar de descifrar el bajorrelieve y celebrar el hallazgo.
26 de febrero:
Tras haber traducido la inscripción que vimos en el bajorrelieve del pedestal, no podíamos creer lo que leíamos, pues esto era lo que estaba escrito: “El sabio rey de la ciudad plateada descansa aquí.” ¿Entonces aquella cámara podría ser la tumba del rey Argantonio, el célebre monarca de Tartessos? Una vez reveladas las fotos que tomamos allí, nuestros colegas estaban fascinados con lo que habíamos encontrado. Pronto volveríamos allí para seguir investigando, pero por ahora, teníamos bastante que celebrar.
27 de febrero:
No sé si fue el alcohol de la fiesta de ayer, pero tuve un sueño rarísimo. Apareció ante mí un hombre anciano, con unos ropajes muy coloridos y de poblada barba y cabellera. Me dijo: “Vuelve ante mi si deseas más sabiduría. Te contaré todo sobre mi pueblo.” Cuando se lo conté a la doctora Armitage, ambos nos quedamos helados, pues ella soñó exactamente lo mismo. Estaba claro, teníamos que volver a la cámara, teníamos un presentimiento…
Al llegar allí, comenzó a ocurrir algo extraño y terrorífico; el esqueleto que estaba en el trono comenzó a moverse, se levantó y alzó una mano al cielo. De repente, un fulgor cegador hizo que nos girásemos para no mirar, y cuando el brillo se disipó, vimos ante nosotros que en el lugar del esqueleto se hallaba el anciano que vimos en nuestro sueño. Extrañados, le preguntamos quién era, y la respuesta, aunque nos dejó helados, confirmó nuestras sospechas… ¡Era el rey Argantonio!
Argantonio fue el rey más célebre de Tartessos por su sabiduría y porque se dice que vivió más de cien años, una longevidad increíble para su época. No tardamos en preguntarle de todo lo que se nos ocurriese, pero sobre todo, acerca de él mismo, de Tartessos y del destino de su pueblo. Apuntamos con avidez todo lo que nos decía el anciano rey (todas las anotaciones están adjuntas al final de este diario) y nos pidió si le podíamos ayudar en algo. Le preguntamos y nos dijo lo siguiente:
“Ningún mortal, ni siquiera un rey, está exento de fallos, y el mayor de ellos que jamás cometí fue aseverar de manera arrogante que mi sabiduría rivalizaba con la de los dioses. Ellos, airados por mis palabras, me maldijeron, y cuando llegó la hora de mi muerte, mi alma no abandonó mi cuerpo y se quedó atrapada en esta cámara eternamente. Lo único que puede liberarme de este tormento es encontrar a alguien tan o más sabio que yo y reconocer su virtud. Para saber si alguien es digno de tales elogios, deberá acertar tres preguntas que sólo alguien verdaderamente sabio respondería correctamente. Si estáis dispuestos a ayudarme, os lanzaré el desafío.”
La profesora Armitage y yo nos miramos durante un instante y decidimos aceptar el reto. Entonces, Argantonio formuló la primera pregunta: “Suponiendo que se necesitasen cinco flechas para cazar un oso, tres para un lobo y una para un ciervo, y que se encontrasen tres osos, cinco lobos y ocho ciervos; si tenemos en cuenta que un carcaj caben diez flechas, ¿cuántos animales podríais cazar con las flechas que os he dado?” Tras un rato pensando y analizando la pregunta resolvimos responder esto: “Ninguno, porque no nos has dado ninguna flecha”. El anciano rey asintió y dijo: “Es correcto.”
La segunda pregunta del monarca decía así: “Por él se cura y se mata, por él se construye y destruye; puede enardecer al pacífico y apaciguar al belicoso, y quien no lo posee jamás podría comprarlo. ¿De qué se trata?” Tras debatirlo, decidimos, aunque sin tenerlas todas con nosotros, de responder lo siguiente: “Es el amor”. Argantonio sonrió impresionado y dijo: “¡Muy bien! Esa es la respuesta. Ahora, preparaos para el último enigma, pues muy pocos podrían acertarlo. Si lo lográis, mi alma quedará libre y podréis decir que tenéis la sabiduría de un rey.”
Tras decir esto, el anciano hizo una pausa de unos segundos y formuló su última pregunta: “¿Qué es la vida?” La pregunta nos cayó como una losa encima, y tras mucho discernir, no estábamos seguros de nada, así que, con pesar resolvimos ser totalmente sinceros y dijimos: “No lo sabemos”. Sorprendidos, vimos que Argantonio rió con nuestra respuesta y nos habló: “Exactamente, no lo sabéis, ni yo tampoco; nadie lo sabe, pues cada uno tiene su propia respuesta. Un sabio puede tener muchas virtudes, pero la más importante es ser perfectamente consciente de sus limitaciones, igual que vosotros. Mi más sincera enhorabuena y agradecimiento eterno, pues habéis superado el desafío y mi alma puede descansar al fin. Que vuestras vidas sean lo más dichosas posibles; puede que algún día nos volvamos a ver.” Tras decir esto, Argantonio se dirigió hacia su trono y se sentó en él. Al hacer esto, una luz comenzó a brillar en su cuerpo y lentamente se alzó hasta desaparecer, dejando solamente los huesos que encontramos al principio.
Mientras la profesora Armitage y yo volvíamos a la base, debatimos si debíamos o no contar lo que acababa de suceder, pues aunque fue muy enriquecedor nadie se lo creería. Entonces miré los apuntes que tomamos de todo lo que Argantonio nos contó y se me ocurrió algo. Le propuse a la profesora Armitage escribir conjuntamente un libro de fantasía y narrar en él nuestro encuentro con el anciano rey y todo lo que nos dijo sobre Tartessos; así, aunque nadie se lo creyese, por lo menos quedaría registrado en alguna parte. Ella accedió y propuso como título “El Rey Milenario”, y la verdad, sonaba bien.
Notas de la narración de Argantonio, 27 de febrero:
He decidido marcar con P y R todo lo que hablamos con el anciano rey; P serán nuestras preguntas y R las contestaciones del monarca de Tartessos.
- P: Al llegar aquí nos hemos fijado en varios objetos forjados en un metal que desconocemos… ¿Sabes de qué material se trata?
- R: Ah, sí, es oricalco, un metal con propiedades muy curiosas…Recién forjado pesa mucho, pero si se enfría con agua de mar, se vuelve increíblemente ligero. Lamentablemente, sé que se trata de una aleación de dos metales, pero desconozco los detalles exactos de la fórmula; además, esta se perdió.
- P: ¿Es cierto que llegaste a ser tan longevo como se cuenta en algunos relatos?
- R: Cierto es. Me enterraron aquí pasados unos meses de haber cumplido ciento veinte años. Mi aspecto actual es de poco antes de morir.
- P: ¿Dónde estaba ubicada Tartessos exactamente?
- R: A menos de una legua de aquí, siguiendo hacia arriba el río que vosotros conocéis como Tinto.
- P: ¿Podrías describir cómo era Tartessos?
- R: Si bien no era tan grande como lo fue Roma, no tenía nada que envidiar a ninguna capital de su tiempo. Era una ciudad vibrante y colorida con gentes alegres; las calzadas tenían adoquinado ornamental y en las ventanas de las casas se podían ver toldos chillones y hermosas plantas. Si todo esto ya era de todo menos gris, el mercado era el epítome del color, un sueño para cualquier artista; los toldos de los tenderetes, la mercancía exótica y los ropajes de la gente creaban un espectáculo cromático. Las casas estaban construidas principalmente con piedra, yeso y madera, y los tejados estaban revestidos de metal labrado con motivos decorativos. El palacio, de planta cuadrada, tenía dos torres flanqueando el portón y detrás, en el centro, el baluarte principal; y a pesar de que estaba claro que se trataba de un edificio fortificado, gozaba también de coloridos motivos ornamentales. Nuestra principal fuente de ingresos eran las minas cercanas y la manufactura de metales, y los comerciantes de Tartessos estaban entre los más reputados del mundo.
- P: ¿Por qué desapareció Tartessos del mapa?
- R: Se debió a una serie de infortunios muy seguidos… El primero fue una riada que, pese a no cobrarse muchas vidas ni destrozos en la ciudad, arrasó las tierras de cultivo. Poco después, sufrimos un declive económico; aunque las minas no se agotaron, el comercio con el exterior mermó notoriamente, en buena medida porque los mercaderes de Gádir y Massalia descubrieron rutas más accesibles al comercio del estaño con Britania. Lo que nos remató fue la guerra; poco después de mi muerte, los cartagineses arrasaron la ciudad como represalia por habernos aliado con los griegos, sus enemigos y los de los etruscos. Todas estas catástrofes ocurrieron en un periodo de pocos años sin dejar tiempo suficiente para recuperarnos por completo entre desgracia y desgracia.
- P: ¿Y qué puedes contarnos sobre el origen de tu pueblo?
- R: Incluso cuando yo vivía, se barajaban varias ideas al respecto, pero destacaban dos entre todas ellas; una por ser la más verosímil y la otra por ser la más espectacular. La teoría más verosímil sitúa nuestro origen doce siglos antes de Cristo, y afirma que nuestra cultura se creó a raíz del contacto de los lugareños con los comerciantes fenicios que llegaron hasta aquí. La teoría más espectacular sostiene que Tartessos fue fundada por refugiados que llegaron del oeste, procedentes de una isla ignota, de los que se cuenta que su cultura era la más avanzada de todo el mundo, pero se vieron forzados a huir de su tierra debido a un desastre natural. Según los mitos, nuestro primer rey fue Gerión, relacionado con uno de los doce trabajos que se le encomendaron a Heracles; sin embargo, los registros sobre los reyes históricos anteriores a mí se perdieron y desconozco la razón de dicha desaparición.
- P: ¿A qué dioses rendíais culto?
- R: Eso dependía de la zona; mientras que en algunas se adoraban a dioses similares a los de los fenicios, en otras se veneraba a los de nuestros antepasados en Iberia. A pesar de ello, nunca fue motivo de disputa, o al menos, no recuerdo que lo fuese durante mi reinado.
- P: ¿Era muy poderoso vuestro ejército?
- R: Bastante, pero siempre hemos preferido usar la diplomacia y el comercio primero siempre que fuese posible. Los cartagineses y etruscos eran grandes guerreros, pero creo que si no hubiésemos sufrido tantos males antes de su invasión, quizás habríamos tenido alguna oportunidad de victoria.
- P: ¿Cómo eran las gentes de Tartessos?
- R: ¡Ah! Ojalá los hubieseis podido conocer… Eran personas alegres, cercanas y festivas que trataban a los visitantes con mucha cordialidad. Sus prendas, desde el más pobre hasta el más rico y desde el más tímido al más abierto, eran muy coloridas, y muchos de los ciudadanos más pudientes gustaban de engalanarse con joyas tan pintorescas como sus ropajes. Eso sí, cuando las cosas iban mal y había que arrimar el hombro, eran de los más laboriosos y decididos que jamás he visto. Con sus virtudes y sus defectos eran gentes ejemplares y fue todo un honor haberlos servido durante tantos años.
- P: Es curioso, porque hablas más como un padre que como un hombre de estado.
- R: Un buen rey debe amar a su pueblo como un padre a su prole, y como tal, debe proveerlos como buenamente pueda y educarlos con esmero para que sepan navegar por el tempestuoso mar de la vida y llegar al destino que cada cual desea buscar. Muy a mi pesar, no todos los gobernantes son así, y algunos buscan su propio gozo y beneficio, ignorando el quebranto de sus súbditos, o peor aún, sacrificando hasta su propia patria con tal de vivir para siempre en la molicie y la despreocupación. Un monarca sin su pueblo es como un carro sin sus ruedas.
- P: ¿Has tenido alguna vez contacto con el mundo exterior desde que te enterraron aquí?
- R: De forma directa, no; sin embargo, los dioses, en su infinita sabiduría, me permiten estar al tanto todo lo posible de los que sucede fuera de esta cámara. Esto, entre otras cosas, me permite comunicarme con vosotros en una lengua que os resulta conocida, como esa a la que llamáis castellano. A pesar del castigo que tengo que soportar, los dioses siempre son justos en el fondo.
En este punto dejamos de tomar notas porque fue cuando le preguntamos a Argantonio sobre su maldición y accedimos a ayudarlo.
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