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Publicado: Mar Ene 14, 2025 10:10 pm Asunto: ¿La verdad?
¿LA VERDAD?
Hoy llegué con algo de retraso al trabajo y tuve que decir que fui a urgencias por un accidente en casa, pero era mentira. No mentí porque quisiera, lo hice porque no me iban a creer si les contaba qué me pasó realmente.
Salí de mi domicilio poco después de las 7 de la mañana para dirigirme al trabajo mientras la oscura noche madrileña, junto con la amarillenta luz de las farolas de la calle, me envolvían. En la calle comenzaban a aparecer coches y la gente se arremolinaba en las paradas de autobús y las bocas de metro. Hasta el momento, todo indicaba que sería un día más en mi automática vida, pero me equivocaba…
Me metí por una calle estrecha por la que suelo atajar para ir a la parada de mi autobús; por suerte, vivo en una zona de un barrio que, aunque de gente humilde, es muy tranquila. A diferencia de algunas calles de Madrid por la noche, sitas en zonas “complicadas”, esta no me intimidaba. La tenue luz de las farolas y el sombreado que pintaba los bloques a cada lado de la vía me hacía sentir un poco como el típico detective de novela negra que sale de su casa a resolver un misterio. Esos curtidos detectives con mirada del Cócito siempre buscaban ávidos la verdad de casos que en su mayoría eran un verdadero misterio, pero, ¿qué pasa cuando es el misterio o la resolución de un misterio la que te encuentra a ti?
Aproximadamente por la mitad de la calle, me pareció escuchar un murmullo que decía: “Por favor, escúchanos”. Tras oírlo por segunda vez pude discernir que la extraña voz procedía de un taller cuyo portón se encontraba abierto pero apenas había luz en el interior, como si se estuvieran preparando para abrir; cosa extraña, porque en el cartel de la puerta se puede leer que no abren hasta las 10 de la mañana. Entonces, ¿qué hacía abierto tres horas antes de lo que le tocaba? No me inspiraba confianza, pero la curiosidad me venció y entré temeroso al taller. Una luz muy leve, que parecía venir de la oficina del encargado, era lo único que alumbraba algo el lóbrego garaje. Las estanterías llenas de herramientas variadas que se hallaban suspendidas en las paredes parecían mirarme como gárgolas de una mazmorra y un par de coches, cubiertos con lonas, se asemejaban a monstruos durmientes en medio de la ínfima luz que perforaba las sombras de ese lugar.
Con paso cauto pero decidido entré al despacho de Matías, el encargado del taller. A pesar de que la luz estaba encendida, no había ningún indicio de que alguien hubiera pasado por allí, ni una chaqueta en el perchero, ni su silla fuera de sitio, nada en absoluto. El austero despacho tenía únicamente una mesa, eso sí, bastante grande y una silla que parecía cómoda; amén de un par de estanterías y otro de archivadores. Las ventanas del despacho estaban parcialmente tapadas por una sencilla persiana laminar que proyectaba los haces de la lámpara del techo hacia el frío garaje. Quitando el ordenador de Matías y su teléfono, sobre la mesa no se hallaba gran cosa: un modesto tarro repleto de bolígrafos y lapiceros, una grapadora que aún funcionaba pese a que pasaron muchos años y manos por ella, un cenicero blanquecino de cerámica, un pequeño bol cristalino con caramelos y un pequeño montón de folios perfectamente alineado en el centro. Sobre dichos papeles se encontraba una llave que tenía unida un llavero de plástico con una pegatina en la que se podía leer la palabra “TRASTIENDA” y un post-it con una serie de números. Los recogí intrigado y me dirigí al fondo del pasillo para probar en la puerta más recóndita del taller si la llave que acababa de llevarme era la que la abría, y así fue.
Abrí con cautela y la puerta profirió un chirrido leve. Palpé la pared para buscar entre la oscuridad el interruptor y cuando lo encontré y se hizo la luz, pude ver una enorme estancia cerrada que parecía ser el almacén del taller. Las estanterías metálicas se alzaban hacia el relativamente alto techo, rebosando neumáticos, llantas, pistones y toda clase de piezas de automóvil. En un rincón reposaba una escalerilla con ruedas para poder acceder a los estantes más altos; en otra de las esquinas se podía ver lo que parecía ser un pequeño grupo de bidones, posiblemente llenos de carburante; frente a la puerta por la que entré había un gran portón cerrado a cal y canto que seguramente se utilizase para traer y sacar cualquier cosa del almacén; y en otro de los rincones del cuarto, medio camuflada entre dos de las estanterías que parecían gólems metálicos custodiando un tesoro, se encontraba una caja fuerte que era casi del tamaño de una persona, quizá de un metro y medio aproximadamente. Me extrañó sobremanera que en un taller de barrio necesitaran una caja tan pesada para guardar sus ganancias, pues dudaba que consiguiesen tantísimos beneficios a pesar de que no parecía que les faltase trabajo, o al menos, esa era mi sensación al pasar por esa calle otras veces y ver el taller abierto y con coches. Fue entonces cuando reparé en el post-it con los números apuntados y deduje de manera increíblemente obvia que podría ser la combinación de la caja. Por un momento dudé si abrirla, pues estaría cometiendo un delito, pero algo dentro de mí me animaba a hacerlo… Introduje cuidadosamente la combinación y la puerta se abrió lentamente…
Fue entonces cuando me quedé aún más descolocado al ver que la caja estaba completamente vacía y lo único que se podía vislumbrar al abrirla era un agujero ominoso en el suelo del que sobresalía una robusta escalera de mano metálica. Me debatí unos instantes entre el miedo y la curiosidad, ganando finalmente la segunda, y me dispuse a bajar por allí. Estaba extrañamente bien construido, pues no era un mero hoyo excavado en tierra, se trataba de un túnel de hormigón armado, como si se tratara de la entrada de un búnker. No me llevó mucho tiempo tocar el suelo, con lo que deduje que estaba justo debajo del nivel de la calle. Tras apearme de la escalera me giré y vi un pasillo de hormigón de unos 5 ó 6 metros de longitud en cuyo fondo se encontraba una puerta de hierro. Pegué el oído a la puerta pero no escuchaba nada, así que la abrí con toda la prudencia posible y pasé. Tras ella, el pasillo continuaba unos 2 ó 3 metros más hasta llegar a un recodo en el que se podía ver una escalera a la derecha que descendía. Todo el tramo del túnel estaba iluminado por unas austeras bombillas en el techo, cubiertas por una rejilla, como si se tratase del túnel de una alcantarilla o de una base secreta de alguna película de espías. Me detuve justo al comienzo de la escalera porque estaba escuchando voces a lo lejos. Pegado a la pared, decidí atisbar sigilosamente desde la esquina aquellas voces que se oían escaleras abajo. Desde mi posición pude ver al fondo de la escalera lo que parecía ser una gran sala, pero necesitaba bajar para poder observar más.
Mientras descendía la escalera tratando de no hacer ruido pude escuchar mejor lo que aquellas voces decían y pude reconocer que una de ellas era precisamente la de Matías, el dueño del taller. Llegando al final de la escalera, me incliné para ver lo que estaba pasando y no lo pude creer… Allí, encapuchados con largas túnicas oscuras, estaban Matías y tres personas más, delante de varios ordenadores flanqueando una enorme pantalla que colgaba de la pared. En ella, se veía toda clase de información que pasaba velozmente ante mis ojos, y que, presumiblemente, estaba siendo cotejada por esos cuatro individuos. En el resto de la estancia, había varios servidores y racks repletos de cableado e incluso espacio para una pequeña zona que seguramente usarían para recreo o descanso, donde se podían ver un par de sofás y una amplia mesa con comida y bebida encima. De una portezuela que pude ver al fondo desde la escalera, salían gruesos cables hacia todas las máquinas de la sala; quizá se tratase de un generador eléctrico. Después de todo lo que había presenciado no quise tentar a la suerte y decidí que era hora de marcharme, pero cuando me di la vuelta, el susto que me llevé fue mayúsculo al ver una quinta persona encapuchada justo detrás de mí. Tal fue el sobresalto que perdí el equilibrio y caí golpeándome la cabeza.
Cuando volví en mi, estaba tumbado en uno de los sofás que vi antes y noté algo extraño en mi cabeza. Cuando me pasé la mano por la sien noté el tacto de vendajes o algo parecido… ¿Acaso me habían curado la herida? Me incorpore y vi a uno de aquellos encapuchados sentado cerca de mí observando su móvil, y al notar que me movía, giró la cabeza y me habló:
- Veo que ya estás despierto, siento mucho lo de antes… - Me dijo con una voz femenina que había escuchado en alguna parte.
- ¿Cuánto tiempo llevo fuera de combate? – Pregunté.
- No demasiado, quizás un cuarto de hora. – Me respondió la enigmática chica. - ¡Eh, Quirón! ¡El bello durmiente ha despertado!
Tras decir esto último, se acercó el resto del extraño grupo y todos se quitaron las capuchas revelando sus rostros. ¡Eran Matías y el resto de mecánicos! Entonces Matías me habló.
- Si estás aquí es porque en el fondo tienes sed de verdad… Pudiste darte la vuelta en cualquier momento y seguir con tu vida, pero decidiste continuar por algún motivo que todavía desconoces. Sin embargo, aún debes tomar la última decisión, y antes de eso, Rober, prométenos, por favor, que nada de lo que veas o escuches aquí saldrá de esta sala. –
- Lo... lo prometo, pero, ¿cómo sabes mi nombre? ¿De qué me conoces además de vista? – Le pregunté con gran sorpresa.
- Escuché tu nombre de casualidad un día que pasaste por la calle con amigos tuyos, hace ya bastante tiempo. Desde hace mucho, nos fijamos en ti, pues dabas la impresión de ser un chaval despierto al que la vida no le trató siempre bien y que parecía realmente preocupado por todo lo que le rodeaba; eres exactamente igual a tu padre en ese aspecto. – Me respondió.
- Un momento, ¿conociste a mi padre?- Pregunté confuso.
- ¿Cómo no le voy a conocer? ¡Si fue el que fundó este grupo! – Dijo medio riéndose. – Y parece que su hijo sigue el mismo camino. –
- ¿De qué estás hablando? ¿En qué estaba metido mi padre? – Le pregunté ansiosamente.
- Él fundó Mythos. – Me dijo. – Somos hackers de sombrero blanco que nos dedicamos a recabar toda clase de información para utilizarla como herramienta de hacktivismo. Tomás, o mejor dicho, Aquiles, deseaba tratar de mejorar el mundo todo lo posible; sin embargo, ¿qué puede hacer una persona sola o un pequeño grupo contra el sistema? Nada directamente, pero desde las sombras, todo es posible. –
- Es cierto que si estuviera en el lugar de mi padre hubiera hecho lo mismo, pero creo que no os podría ayudar, pues no conozco tanto sobre informática y hackeo como intuyo que necesitáis. – Le dije.
- Por eso no te preocupes. – Me contestó con seguridad. – Si aceptas unirte a nosotros, te entrenaremos en ello y te daremos el apodo de tu padre. En caso contrario, podrás marcharte y seguir tu vida, pero bajo ningún concepto reveles nada de lo que aquí se cuece. ¿Qué me dices? –
Dudé unos instantes; me parecía una locura, pero si realmente mi padre, que en paz descanse, estuvo metido en esto, pensaba que se lo debía de alguna forma. Acepté la oferta de “Quirón” y me presentó, no como Roberto, sino como Aquiles al resto del grupo. Medusa era el alias de quien me asustó antes, una chica alta de cabello oscuro y revuelto, y una mirada con la que podría escudriñar el alma de cualquiera. Escila se hacía llamar otra chica, más bien baja, rubia y de voz muy dulce; aunque debajo de esa fachada de muñequita se escondía una mujer decidida y nada tímida. Aracne, otra encapuchada, era todo lo contrario; no hablaba mucho, no tenía mucha maña para relacionarse con los demás, pero su rapidez y coordinación con las manos al teclear y al revisar cables podrían explicar ese apodo que tiene. En contraste con ellas, estaban Quirón y Heracles; el primero era Matías, el dueño del taller, un hombre de entre 40 y 50 años, canoso, curtido y que daba la sensación de haber aprendido de todo durante su vida; el segundo podría ser descrito como “gigante gentil”, un tipo muy alto y corpulento como un Atlas, de pelo corto y con gafas, que pese a su imponente presencia se podía entrever que tenía un gran corazón.
Miré mi reloj y di un respingo, porque iba a llegar tarde al trabajo. Expliqué la situación a Mythos y lo entendieron perfectamente. Me dijeron que volviera cuando tuviera un hueco y me seguirían explicando todo lo que se cuece aquí abajo. Antes de irme, Escila me paró y me pidió que esperase un momento a que Aracne terminase algo. Al poco rato, Aracne se levantó de la silla, y con todo el esfuerzo que le suponía a alguien con su forma de ser, trató de mirarme a la cara y me dio un papel que resultó ser un justificante médico falso para llevarlo al trabajo. Cuando lo vi, me quedé de piedra, porque nada daba la impresión de ser falso, era un trabajo perfecto. Le hice saber a Aracne que le había quedado perfecto y le di las gracias. Ella asintió levemente y me respondió que de nada, mostrando una leve sonrisa que para ella debió de suponer un mundo esbozar.
Salí de allí y me dirigí a la parada del autobús a toda prisa. Afortunadamente, no me retrasé demasiado en llegar al trabajo. Expliqué que tuve un accidente en casa y me tuve que ir a urgencias y entregué el justificante, con lo que no pusieron pegas.
A diferencia de otros días, aquel salí contento del trabajo. No hacía más que pensar en cómo sería el futuro con Mythos, en todo lo que podría aprender y a todos los que podría ayudar con mis actos. Por fin tenía un propósito claro en mi vida y tendría acceso a la mayor fuente de conocimiento en el mundo: la verdad.
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