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Drácula - Cap. XVII
 
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Registrado: Feb 08, 2006
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Ubicación: Celda 321
MensajePublicado: Mar Mar 20, 2007 1:20 pm Asunto: Drácula - Cap. XVII Responder citando

X.- CARTA DEL DOCTOR SEWARD AL HONORABLE ARTHUR HOLMWOOD

6 de septiembre.
"Mi querido Art:
"Mis noticias hoy no son muy buenas. Esta mañana Lucy había retrocedido un poquito. Sin embargo, una cosa buena ha resultado de ello: la señora Westenra estaba naturalmente ansiosa respecto a Lucy, y me ha consultado a mí profesionalmente acerca de ella. Aproveché la oportunidad y le dije que mi antiguo maestro, van Helsing, el gran especialista, iba a pasar conmigo unos días, y que yo la pondría a su cuidado; así es que ahora podemos entrar y salir sin causarle alarma, pues una impresión para ella significaría una repentina muerte, y esto, aunado a la debilidad de Lucy, podría ser desastroso para ella. Estamos todos llenos de tribulaciones, pero, mi viejo, Dios mediante, vamos a poder sobrellevarlas y vencerlas. Si hay alguna necesidad, te escribiré, por lo que si no tienes noticias de mí, puedes estar seguro de que simplemente estoy a la expectativa. Tengo prisa. Adiós.
"Tu amigo de siempre,
JOHN SEWARD"
Del diario del doctor Seward
7 de septiembre. Lo primero que van Helsing me dijo cuando nos encontramos en la calle Liverpool, fue: "¿Ha dicho usted algo a su amigo, el novio de ella?"
-No -le dije-. Quería esperar hasta verlo a usted antes, como le dije en mi telegrama. Le escribí una carta diciéndole simplemente que usted venía, ya que la señorita Westenra no estaba bien de salud, y que le enviaría más noticias después.
-Muy bien, muy bien, mi amigo -me dijo-. Mejor será que no lo sepa todavía; tal vez nunca lo llegue a saber. Eso espero; pero si es necesario, entonces lo sabrá todo. Y, mi viejo amigo John, déjeme que se lo advierta: usted trata con los locos. Todos los hombres están más o menos locos; y así como usted trata discretamente con sus locos, así trate discretamente con los locos de Dios: el resto del mundo. Usted no le dice a sus locos lo que hace ni por qué lo hace; usted no les dice lo que piensa. Así es que debe mantener el conocimiento en su lugar, donde pueda descansar; donde pueda reunirse con los de su clase y procrear. Usted y yo nos guardaremos como hasta ahora lo que sabemos...
Y al decir esto me tocó en el corazón y en la frente, y luego él mismo se tocó de manera similar.
-Por mi parte tengo algunas ideas, de momento. Más tarde se las expondré a usted.
-¿Por qué no ahora? -le pregunté-. Puede que den buen resultado; podríamos llegar a alguna conclusión.
Él me miró fijamente, y dijo:
-Mi amigo John, cuando ha crecido el maíz, incluso antes de que haya madurado, mientras la savia de su madre tierra está en él, y el sol todavía no ha comenzado a pintarlo con su oro, el marido se tira de la oreja y la frota entre sus ásperas manos, y limpia la verde broza, y te dice: "¡Mira!: es buen maíz; cuando llegue el tiempo, será un buen grano."
Yo no vi la aplicación, y se lo dije. Como respuesta extendió su brazo y tomó mi oreja entre sus manos tirando de ella juguetonamente, como solía hacerlo antiguamente durante sus clases, y dijo:
-El buen marido dice así porque conoce, pero no hasta entonces. Pero usted no encuentra al buen marido escarbando el maíz sembrado para ver si crece; eso es para niños que juegan a sembradores. Pero no para aquellos que tienen ese oficio como medio de subsistencia. ¿Entiende usted ahora, amigo John? He sembrado mi maíz, y la naturaleza tiene ahora el trabajo de hacerlo crecer; si crece, entonces hay cierta esperanza; y yo esperaré hasta que comience a verse el grano.
Al decir esto se interrumpió, pues evidentemente vio que lo había comprendido.
Luego, prosiguió con toda seriedad:
-Usted siempre fue un estudiante cuidadoso, y su estuche siempre estaba más lleno que los demás. Entonces usted era apenas un estudiante; ahora usted es maestro, y espero que sus buenas costumbres no hayan desaparecido. Recuerde, mi amigo, que el conocimiento es más fuerte que la memoria, y no debemos confiar en lo más débil. Aunque usted no haya mantenido la buena práctica, permítame decirle que este caso de nuestra querida señorita es uno que puede ser, fíjese, digo puede ser, de tanto interés para nosotros y para otras personas que todos los demás casos no sean nada comparados con él. Tome, entonces, buena nota de él. Nada es demasiado pequeño. Le doy un consejo: escriba en el registro hasta sus dudas y sus conjeturas. Después podría ser interesante para usted ver cuánta verdad puede adivinar. Aprendemos de los fracasos; no de los éxitos.
Cuando le describí los síntomas de Lucy (los mismos que antes, pero infinitamente más marcados) se puso muy serio, pero no dijo nada. Tomó un maletín en el que había muchos instrumentos y medicinas, "horrible atavío de nuestro comercio benéfico", como él mismo lo había llamado en una de sus clases, el equipo de un profesor de la ciencia médica. Cuando nos hicieron pasar, la señora Westenra salió a nuestro encuentro. Estaba alarmada, pero no tanto como yo había esperado encontrarla.
La naturaleza, en uno de sus momentos de buena disposición, ha ordenado que hasta la muerte tenga algún antídoto para sus propios errores. Aquí, en un caso donde cualquier impresión podría ser fatal, los asuntos se ordenan de tal forma que, por una causa o por otra, las cosas no personales (ni siquiera el terrible cambio en su hija, a la cual quería tanto) parecen alcanzarla. Es algo semejante a como la madre naturaleza se reúne alrededor de un cuerpo extraño y lo envuelve con algún tejido insensible, que puede protegerlo del mal al que de otra manera se vería sometido por contacto. Si esto es un egoísmo ordenado, entonces deberíamos abstenernos un momento antes de condenar a nadie por el defecto del egoísmo, pues sus causas pueden tener raíces más profundas de las que hasta ahora conocemos.
Puse en práctica mi conocimiento de esta fase de la patología espiritual, y asenté la regla de que ella no debería estar presente con Lucy, o pensar en su enfermedad, más que cuando fuese absolutamente necesario. Ella asintió de buen grado; tan de buen grado, que nuevamente vi la mano de la naturaleza protegiendo la vida. Van Helsing y yo fuimos conducidos hasta el cuarto de Lucy. Si me había impresionado verla a ella ayer, cuando la vi hoy quedé horrorizado. Estaba terriblemente pálida; blanca como la cal. El rojo parecía haberse ido hasta de sus labios y sus encías, y los huesos de su rostro resaltaban prominentemente; se dolía uno de ver o escuchar su respiración. El rostro de van Helsing se volvió rígido como el mármol, y sus cejas convergieron hasta que casi se encontraron sobre su nariz. Lucy yacía inmóvil y no parecía tener la fuerza suficiente para hablar, así es que por un instante todos permanecimos en silencio. Entonces, van Helsing me hizo una seña y salimos silenciosamente del cuarto. En el momento en que cerramos la puerta, caminó rápidamente por el corredor hacia la puerta siguiente, que estaba abierta. Entonces me empujó rápidamente con ella, y la cerró.
-¡Dios mío! -dijo él-. ¡Esto es terrible! No hay tiempo que perder. Se morirá por falta de sangre para mantener activa la función del corazón. Debemos hacer inmediatamente una transfusión de sangre. ¿Usted, o yo?
-Maestro, yo soy más joven y más fuerte; debo ser yo.
-Entonces, prepárese al momento. Yo traeré mi maletín. Ya estoy preparado.
Lo acompañé escaleras abajo, y al tiempo que bajábamos alguien llamó a la puerta del corredor. Cuando llegamos a él, la sirvienta acababa de abrir la puerta y Arthur estaba entrando velozmente. Corrió hacia mí, hablando en un susurro angustioso.
-Jack, estaba muy afligido. Leí entre líneas tu carta, y he estado en un constante tormento. Mi papá está mejor, por lo que corrí hasta aquí para ver las cosas por mí mismo. ¿No es este caballero el doctor van Helsing? Doctor, le estoy muy agradecido por haber venido.
Cuando los ojos del profesor cayeron por primera vez sobre él, había en ellos un brillo de cólera por la interrupción en tal momento: pero al mirar sus fornidas proporciones y reconocer la fuerte hombría juvenil que parecía emanar de él, sus ojos se alegraron. Sin demora alguna le dijo, mientras extendía la mano:
-Joven, ha llegado usted a tiempo. Usted es el novio de nuestra paciente, ¿verdad? Está mal; muy, muy mal. No, hijo, no se ponga así -le dijo, viendo que repentinamente mi amigo se ponía pálido y se sentaba en una silla casi desmayado-. Usted le va a ayudar a ella. Usted puede hacer más que ninguno para que viva, y su valor es su mejor ayuda.
-¿Qué puedo hacer? -preguntó Arthur, con voz ronca-. Dígamelo y lo haré. Mi vida es de ella, y yo daría hasta la última gota de mi sangre por ayudarla.
El profesor tenía un fuerte sentido del humor, y por conocerlo tanto yo pude detectar un rasgo de él, en su respuesta:
-Mi joven amigo, yo no le pido tanto; por lo menos no la última.
-¿Qué debo hacer?
Había fuego en sus ojos, y su nariz temblaba de emoción. Van Helsing le dio palmadas en el hombro.
-Venga -le dijo-. Usted es un hombre, y un hombre es lo que necesitamos. Usted está mejor que yo, y mejor que mi amigo John.
Arthur miró perplejo y entonces mi maestro comenzó a explicarle en forma bondadosa:
-La joven señorita está mal, muy mal. Quiere sangre, y sangre debe dársele, o muere. Mi amigo John y yo hemos consultado; y estamos a punto de realizar lo que llamamos una transfusión de sangre: pasar la sangre de las venas llenas de uno a las venas vacías de otro que la está pidiendo. John iba a dar su sangre, ya que él es más joven y más fuerte que yo (y aquí Arthur tomó mi mano y me la apretó fuertemente en silencio), pero ahora usted está aquí; usted es más fuerte que cualquiera de nosotros, viejo o joven, que nos gastamos mucho en el mundo del pensamiento. ¡Nuestros nervios no están tan tranquilos ni nuestra sangre es tan rica como la suya!
Entonces Arthur se volvió hacia el eminente médico, y le dijo:
-Si usted supiera qué felizmente moriría yo por ella, entonces entendería...
Se detuvo, con una especie de asfixia en la voz.
-¡Bien, muchacho! -dijo van Helsing-. En un futuro no muy lejano estará contento de haber hecho todo lo posible por ayudar a quien ama. Ahora venga y guarde silencio. Antes de que lo hagamos la besará una vez, pero luego debe usted irse: y debe irse a una señal mía. No diga ni palabra de esto a la señora; ¡usted ya sabe cuál es su estado! No debe tener ninguna impresión; cualquier contrariedad la mataría. ¡Venga!
Todos entramos en el cuarto de Lucy. Por indicación del maestro, Arthur permaneció fuera. Lucy volvió la cabeza hacia nosotros y nos miró, pero no dijo nada.
No estaba dormida, pero estaba simplemente tan débil que no podía hacer esfuerzo alguno. Sus ojos nos hablaron; eso fue todo. Van Helsing sacó algunas cosas de su maletín y las colocó sobre una pequeña mesa fuera del alcance de su vista. Entonces, mezcló un narcótico y, acercándose a la cama, le dijo alegremente:
-Bien, señorita, aquí está su medicina. Tómesela toda como una niña buena. Vea; yo la levantaré para que pueda tragar con facilidad. Así.
Hizo el esfuerzo con buen resultado.
Me sorprendió lo mucho que tardó la droga en surtir efecto. Esto, de hecho, era un claro síntoma de su debilidad. El tiempo pareció interminable hasta que el sueño comenzó a aletear en sus párpados. Sin embargo, al final, el narcótico comenzó a manifestar su potencia, y se sumió en un profundo sueño. Cuando el profesor estuvo satisfecho, llamó a Arthur al cuarto y le pidió que se quitara la chaqueta. Luego agregó:
-Puede usted dar ese corto beso mientras yo traigo la mesa. ¡Amigo John, ayúdeme!
Así fue que ninguno de los dos vimos mientras él se inclinaba sobre ella. Entonces, volviéndose a mí, van Helsing me dijo:
-Es tan joven y tan fuerte, y de sangre tan pura, que no necesitamos desfibrinarla.
Luego, con rapidez, pero metódicamente, van Helsing llevó a cabo la operación.
A medida que se efectuaba, algo como vida parecía regresar a las mejillas de la pobre Lucy, y a través de la creciente palidez de Arthur parecía brillar la alegría de su rostro.
Después de un corto tiempo comencé a sentir angustia, pues a pesar de que Arthur era un hombre fuerte, la pérdida de sangre ya lo estaba afectando. Esto me dio una idea de la terrible tensión a que debió haber estado sometido el organismo de Lucy, ya que lo que debilitaba a Arthur apenas la mejoraba parcialmente a ella. Pero el rostro de mi maestro estaba rígido, y estuvo con el reloj en la mano y con la mirada fija ora en la paciente, ora en Arthur. Yo podía escuchar los latidos de mi corazón. Finalmente dijo, en voz baja:
-No se mueva un instante. Es suficiente. Usted atiéndalo a él; yo me ocuparé de ella.
Cuando todo hubo terminado, pude ver cómo Arthur estaba debilitado. Le vendé la herida y lo tomé del brazo para ayudarlo a salir, cuando van Helsing habló sin volverse; el hombre parecía tener ojos en la nuca.
-El valiente novio, pienso, merece otro beso, el cual tendrá de inmediato.
Y como ahora ya había terminado su operación, arregló la almohada bajo la cabeza de la paciente. Al hacer eso, el estrecho listón de terciopelo que ella siempre parecía usar alrededor de su garganta, sujeto con un antiguo broche de diamante que su novio le había dado, se deslizó un poco hacia arriba y mostró una marca roja en su garganta. Arthur no la notó, pero yo pude escuchar el profundo silbido de aire inhalado, que es una de las maneras en que van Helsing traiciona su emoción. No dijo nada de momento, pero se volvió hacia mí y dijo:
-Ahora, baje con nuestro valiente novio, dele un poco de vino y que descanse un rato. Luego debe irse a casa y descansar; dormir mucho y comer mucho, para que pueda recuperar lo que le ha dado a su amor. No debe quedarse aquí. ¡Un momento! Presumo, señor, que usted está ansioso del resultado; entonces lléveselo consigo, ya que de todas maneras la operación ha sido afortunada. Usted le ha salvado la vida esta vez, y puede irse a su casa a descansar tranquilamente, pues ya se ha hecho todo lo que tenía que hacerse. Yo le diré a ella lo sucedido cuando esté bien; no creo que lo deje de querer por lo que ha hecho. Adiós.
Cuando Arthur se hubo ido, regresé al cuarto. Lucy estaba durmiendo tranquilamente, pero su respiración era más fuerte; pude ver cómo se alzaba la colcha a medida que respiraba. Al lado de su cama se sentaba van Helsing, mirándola intensamente. La gargantilla de terciopelo cubría la marca roja. Le pregunté al profesor:
-¿Qué piensa usted de esa señal en su garganta?
-Y usted, ¿qué piensa?
-Yo todavía no la he examinado -respondí, y en ese mismo momento procedí a desabrochar la gargantilla.
Justamente sobre la vena yugular externa había dos pinchazos, no grandes, pero que tampoco presagiaban nada bueno. No había ninguna señal de infección, pero los bordes eran blancos y parecían gastados, como si hubiesen sido maltratados. De momento se me ocurrió que aquella herida, o lo que fuese, podía ser el medio de la manifiesta pérdida de sangre; pero abandoné la idea tan pronto como la hube formulado, pues tal cosa no podía ser. Toda la cama hubiera estado empapada de rojo con la sangre que la muchacha debió perder para tener una palidez como la que había mostrado antes de la transfusión.
-¿Bien? -dijo van Helsing.
-Bien -dije yo-, no me explico qué pueda ser.
Mi maestro se puso en pie.
-Debo regresar a Ámsterdam hoy por la noche -dijo-. Allí hay libros y documentos que deseo consultar. Usted debe permanecer aquí toda la noche, y no debe quitarle la vista de encima.
-¿Debo contratar a una enfermera? -le pregunté.
-Nosotros somos los mejores enfermeros, usted y yo. Usted vigílela toda la noche; vea que coma bien y que nada la moleste. Usted no debe dormir toda la noche. Más tarde podremos dormir, usted y yo. Regresaré tan pronto como sea posible, y entonces podremos comenzar.
-¿Podremos comenzar? -dije yo-. ¿Qué quiere usted decir con eso?
-¡Ya lo veremos! -respondió mi maestro, al tiempo que salía precipitadamente.
Regresó un momento después, asomó la cabeza por la puerta y dijo, levantando un dedo en señal de advertencia: -Recuérdelo: ella está a su cargo. ¡Si usted la deja y sucede algo, no podrá dormir tranquilamente en lo futuro!
Del diario del doctor Seward (continuación)
8 de septiembre. Estuve toda la noche sentado al lado de Lucy. El soporífero perdió su efecto al anochecer, y despertó naturalmente; parecía un ser diferente del que había sido antes de la operación. Su estado de ánimo era excelente, y estaba llena de una alegre vivacidad, pero pude ver las huellas de la extrema postración por la que había pasado. Cuando le dije a la señora Westenra que el doctor van Helsing había ordenado que yo estuviese sentado al lado de ella, casi se burló de la idea señalando las renovadas fuerzas de su hija y su excelente estado de ánimo. Sin embargo, me mostré firme, e hice los preparativos para mi larga vigilia. Cuando su sirvienta la hubo preparado para la noche, entré, habiendo entretanto cenado, y tomé asiento al lado de su cama. No hizo ninguna objeción, sino que se limitó a mirarme con gratitud siempre que pude captar sus ojos. Después de un largo rato pareció estar a punto de dormirse, pero con un esfuerzo pareció recobrarse y sacudirse el sueño. Esto se repitió varias veces, con más esfuerzo y pausas más cortas a medida que el tiempo pasaba. Era aparente que no quería dormir, de manera que yo abordé el asunto de inmediato:
-¡No quiere usted dormirse?
-No. Tengo miedo.
-¡Miedo de dormirse! ¿Por qué? Es una bendición que todos anhelamos.
-¡Ah! No si usted fuera como yo. ¡Si el sueño fuera para usted presagio de horror...!
-¡Un presagio de horror! ¿Qué quiere usted decir con eso?
-No lo sé, ¡ay!, no lo sé. Y eso es lo que lo hace tan terrible. Toda esta debilidad me llega mientras duermo; de tal manera que ahora me da miedo hasta la idea misma de dormir.
-Pero, mi querida niña, usted puede dormir hoy en la noche. Yo estaré aquí velando su sueño, y puedo prometerle que no sucederá nada.
-¡Ah! ¡Puedo confiar en usted!
Aproveché la oportunidad, y dije:
-Le prometo que si yo veo cualquier evidencia de pesadillas, la despertaré inmediatamente.
-¿Lo hará? ¿De verdad? ¡Qué bueno es usted conmigo! Entonces, dormiré.
Y casi al mismo tiempo dejó escapar un profundo suspiro de alivio, y se hundió en la almohada, dormida.
Toda la noche estuve a su lado. No se movió ni una vez, sino que durmió con un sueño tranquilo, reparador. Sus labios estaban ligeramente abiertos, y su pecho se elevaba y bajaba con la regularidad de un péndulo. En su rostro se dibujaba una sonrisa, y era evidente que no habían llegado pesadillas a perturbar la paz de su mente.
Temprano por la mañana llegó su sirvienta; yo la dejé al cuidado de ella y regresé a casa, pues estaba preocupado por muchas cosas. Envié un corto telegrama a van Helsing y a Arthur, comunicándoles el excelente resultado de la transfusión. Mi propio trabajo, con todos sus contratiempos, me mantuvo ocupado durante todo el día; ya había oscurecido cuando tuve oportunidad de preguntar por mi paciente zoófago. El informe fue bueno; había estado tranquilo durante el último día y la última noche.
Mientras estaba cenando, me llegó un telegrama de van Helsing, desde Ámsterdam, sugiriéndome que me dirigiera a Hillingham por la noche, ya que quizá sería conveniente estar cerca, y haciéndome saber que él saldría con el correo de la noche y que me alcanzaría temprano por la mañana.

9 de septiembre. Estaba bastante cansado cuando llegué a Hillingham. Durante dos noches apenas había podido dormir, y mi cerebro estaba comenzando a sentir ese entumecimiento que indica el agotamiento cerebral. Lucy estaba levantada y animosa.
Al estrecharme la mano me miró fijamente a la cara, y dijo:
-Usted no se sentará hoy toda la noche. Está acabado. Yo ya estoy bastante bien otra vez; de hecho, me siento perfectamente, y si alguien va a cuidar a alguien, entonces yo seré quien lo cuide a usted.
No tuve ánimos para discutir, sino que me fui a cenar.
Lucy subió conmigo, y avivado por su encantadora presencia, comí con bastante apetito y me tomé un par de vasos del más excelente oporto. Entonces Lucy me condujo arriba y me mostró un cuarto contiguo al de ella, donde estaba encendido un acogedor fogón.
-Ahora -dijo ella-, usted debe quedarse aquí. Dejaré esta puerta abierta, y también mi puerta. Puede acostarse en el sofá, pues sé que nada podría inducir a un médico a descansar debidamente en una cama mientras hay un paciente al lado. Si quiero cualquier cosa gritaré, y usted puede estar a mi lado al momento.
No pude sino asentir, pues estaba muerto de cansancio, y no hubiera podido mantenerme sentado aunque lo hubiese intentado. Así es que, haciendo que renovara su promesa de llamarme en caso de que necesitase algo, me acosté en el sofá y me olvidé completamente de todo.
Del diario de Lucy Westenra
9 de septiembre. Me siento feliz hoy por la noche. He estado tan tremendamente débil, que ser capaz de pensar y moverme es como sentir los rayos del sol después de un largo período de viento del este y de cielo nublado y gris. Arthur se siente muy cerca de mí. Me parece sentir su presencia caliente alrededor de mí. Supongo que es porque la enfermedad y la debilidad vuelven egoísta, y vuelven nuestros ojos internos y nuestra simpatía sobre nosotros mismos, mientras que la salud y la fuerza dan rienda suelta al amor, y en pensamiento y sentimiento puede uno andar donde uno quiera. Yo sé donde están mis pensamientos. ¡Si Arthur lo supiese! Querido mío, tus oídos deben zumbar mientras duermes, tal como me zumban los míos al caminar. ¡Oh, el maravilloso descanso de anoche! Cómo dormí, con el querido, buen doctor Seward vigilándome. Y hoy por la noche no tendré miedo de dormir, ya que está muy cerca y puedo llamarlo. ¡Gracias a todos por ser tan buenos conmigo! ¡Gracias a Dios! Buenas noches, Arthur.
Del diario del doctor Seward
10 de septiembre. Fui consciente de la mano del profesor sobre mi cabeza, y me desperté de golpe en un segundo. Esa es una de las cosas que por lo menos aprendemos en un asilo.
-¿Y cómo está nuestra paciente?
-Bien, cuando la dejé, o mejor dicho, cuando ella me dejó a mí -le respondí.
-Venga, veamos -dijo él, y juntos entramos al cuarto contiguo.
La celosía estaba bajada, y yo la subí con mucho cuidado mientras van Helsing avanzó, con su pisada blanda, felina, hacia la cama.
Cuando subí la celosía y la luz de la mañana inundó el cuarto, oí el leve siseo de aspiración del profesor, y conociendo su rareza, un miedo mortal me heló la sangre. Al acercarme yo él retrocedió, y su exclamación de horror, "¡Gott in Himmel!" ,no necesitaba el refuerzo de su cara doliente. Alzó la mano y señaló en dirección a la cama, y su rostro de hierro estaba fruncido y blanco como la ceniza. Sentí que mis rodillas comenzaron a temblar.
Ahí sobre la cama, en un aparente desmayo, yacía la pobre Lucy, más terriblemente blanca y pálida que nunca. Hasta los labios estaban blancos, y las encías parecían haberse encogido detrás de los dientes, como algunas veces vemos en los cuerpos después de una prolongada enfermedad. Van Helsing levantó su pie para patear de cólera, pero el instinto de su vida y todos los largos años de hábitos lo contuvieron, y lo depositó otra vez suavemente.
-¡Pronto! -me dijo-. Traiga el brandy,
Volé, al comedor y regresé con la garrafa. Él humedeció con ella los pobres labios blancos y juntos frotamos las palmas, las muñecas y el corazón. Él escuchó el corazón, y después de unos momentos de agonizante espera, dijo: -No es demasiado tarde. Todavía late, aunque muy débilmente. Todo nuestro trabajo se ha perdido; debemos comenzar otra vez. No hay aquí ningún joven Arthur ahora; esta vez tengo que pedirle a usted mismo que done su sangre, amigo John.
Y a medida que hablaba, metía la mano en el maletín y sacaba los instrumentos para la transfusión; yo me quité la chaqueta y enrollé la manga de mi camisa. En tal situación no había posibilidad de usar un soporífero, pero además no había necesidad de él; y así, sin perder un momento, comenzamos la transfusión. Después de cierto tiempo (tampoco pareció ser tan corto, pues el fluir de la propia sangre no importa con qué alegría se vea, es una sensación terrible), van Helsing levantó un dedo en advertencia:
-No se mueva -me dijo-, pues temo que al recobrar las fuerzas ella despierte; y eso sería muy, muy peligroso. Pero tendré precaución. Le aplicaré una inyección hipodérmica de morfina.
Entonces procedió, veloz y seguramente, a efectuar su proyecto. El efecto en Lucy no fue malo, pues el desmayo pareció transformarse sutilmente en un sueño narcótico. Fue con un sentimiento de orgullo personal como pude ver un débil matiz de color regresar lentamente a sus pálidas mejillas y labios. Ningún hombre sabe, hasta que lo experimenta, lo que es sentir que su propia sangre se transfiere a las venas de la mujer que ama.
El profesor me miraba críticamente.
-Eso es suficiente -dijo.
-¿Ya? -protesté yo-. Tomó usted bastante más de Art.
A lo cual él sonrió con una especie de sonrisa triste, y me respondió:
-Él es su novio, su fiancé. Usted tiene trabajo, mucho trabajo que hacer por ella y por otros; y con lo que hemos puesto es suficiente.
Cuando detuvimos la operación, él atendió a Lucy mientras yo aplicaba presión digital a mi propia herida. Me acosté, mientras esperaba a que tuviera tiempo de atenderme, pues me sentí débil y un poco mareado. Al cabo de un tiempo me vendó la herida y me envió abajo para que bebiera un vaso de vino. Cuando estaba saliendo del cuarto, vino detrás de mí y me susurró:
-Recuerde: nada debe decir de esto. Si nuestro joven enamorado aparece inesperadamente, como la otra vez, ninguna palabra a él. Por un lado lo asustaría, y además de eso lo pondría celoso. No debe haber nada de eso, ¿verdad?
Cuando regresé, me examinó detenidamente, y dijo:
-No está usted mucho peor. Vaya a su cuarto y descanse en el sofá un rato; luego tome un buen desayuno, y regrese otra vez acá.
Seguí sus órdenes, pues sabía cuán correctas y sabias eran. Había hecho mi parte y ahora mi siguiente deber era recuperar fuerzas. Me sentí muy débil, y en la debilidad perdí algo del placer de lo que había ocurrido. Me quedé dormido en el sofá; sin embargo, preguntándome una y otra vez como era que Lucy había hecho un movimiento tan retrógrado, y como había podido perder tanta sangre, sin dejar ninguna señal por ningún lado de ella. Creo que debo haber continuado preguntándome esto en mi sueño, pues, durmiendo y caminando, mis pensamientos siempre regresaban a los pequeños pinchazos en su garganta y la apariencia marchita y maltratada de sus bordes a pesar de lo pequeños que eran.
Lucy durmió hasta bien entrado el día, y cuando despertó estaba bastante bien y fuerte, aunque no tanto como el día anterior. Cuando van Helsing la hubo visto, salió a dar un paseo, dejándome a mí a cargo de ella, con instrucciones estrictas de no abandonarla ni por un momento. Pude escuchar su voz en el corredor, preguntando cuál era el camino para la oficina de telégrafos más cercana.
Lucy conversó conmigo alegremente, y parecía completamente inconsciente de lo que había sucedido. Yo traté de mantenerla entretenida e interesada. Cuando su madre subió a verla, no pareció notar ningún cambio en ella, y sólo me dijo agradecida: ¡Le debemos tanto a usted, doctor Seward, por todo lo que ha hecho! Pero realmente ahora debe usted tener cuidado de no trabajar en exceso. Se ve usted mismo un poco pálido. Usted necesita una mujer para que le sirva de enfermera y que lo cuide un poco; ¡eso es lo que usted necesita!
A medida que ella hablaba, Lucy se ruborizó, aunque sólo fue momentáneamente, pues sus pobres venas desgastadas no pudieron soportar el súbito flujo de sangre a la cabeza. La reacción llegó como una excesiva palidez al volver ella sus ojos implorantes hacia mí. Yo sonreí y moví la cabeza, y me llevé el dedo a los labios; exhalando un suspiro, la joven se hundió nuevamente entre sus almohadas.
Van Helsing regresó al cabo de unas horas, y me dijo:
-Ahora usted váyase a su casa, y coma mucho y beba bastante. Repóngase. Yo me quedaré aquí hoy por la noche, y me sentaré yo mismo junto a la señorita. Usted y yo debemos observar el caso, y no podemos permitir que nadie más lo sepa. Tengo razones de peso. No, no me las pregunte; piense lo que quiera. No tema pensar incluso lo más improbable. Buenas noches.
En el corredor, dos de las sirvientas llegaron a mí y me preguntaron si ellas o cualquiera de ellas podría quedarse por la noche con la señorita Lucy. Me imploraron que las dejara, y cuando les dije que era una orden del doctor van Helsing que fuese él o yo quienes veláramos, me pidieron que intercediera con el "caballero extranjero". Me sentí muy conmovido por aquella bondad. Quizá porque estoy débil de momento, y quizá porque fue por Lucy que se manifestó su devoción; pues una y otra vez he visto similares manifestaciones de la bondad de las mujeres. Regresé aquí a tiempo para comer; hice todas mis visitas y todos mis pacientes estaban bien; y luego me senté mientras esperaba que llegara el sueño. Ya viene.

11 de septiembre. Esta tarde fui a Hillingham. Encontré a van Helsing de excelente humor y a Lucy mucho mejor. Poco después de mi llegada, el correo llevó un paquete muy grande para el profesor. Lo abrió con bastante prisa, así me pareció, y me mostró un gran ramo de flores blancas.
-Estas son para usted, señorita Lucy -dijo.
-¿Para mí? ¡Oh, doctor van Helsing!
-Sí, querida, pero no para que juegue con ellas. Estas son medicinas.
Lucy hizo un encantador mohín.
-No, pero no es para que se las tome cocidas ni en forma desagradable; no necesita fruncir su encantadora naricita, o tendré que indicarle a mi amigo Arthur los peligros que tendrá que soportar al ver tanta belleza, que él quiere tanto, distorsionarse en esa forma. Ajá, mi bella señorita, eso es: tan bonita nariz esta muy recta otra vez. Esto es medicinal, pero usted no sabe cómo. Yo lo pongo en su ventana, hago una bonita guirnalda y la cuelgo alrededor de su cuello, para que usted duerma bien. Sí; estas flores, como las flores de loto, hacen olvidar las penas. Huelen como las aguas de Letos, y de esa fuente de la juventud que los conquistadores buscaron en la Florida, y la encontraron, pero demasiado tarde.
Mientras hablaba, Lucy había estado examinando las flores y oliéndolas. Luego las tiró, diciendo, medio en risa medio en serio:
-Profesor, yo creo que usted sólo me está haciendo una broma. Estas flores no son más que ajo común.
Para sorpresa mía, van Helsing se puso en pie y dijo con toda seriedad, con su mandíbula de acero rígida y sus espesas cejas encontrándose:
-¡No hay ningún juego en esto! ¡Yo nunca bromeo! Hay un serio propósito en lo que hago, y le prevengo que no me frustre. Cuídese, por amor a los otros si no por amor a usted misma -añadió, pero viendo que la pobre Lucy se había asustado como tenía razón de estarlo, continuó en un tono más suave-: ¡Oh, señorita, mi querida, no me tema! Yo sólo hago esto por su bien; pero hay mucha virtud para usted en esas flores tan comunes. Vea, yo mismo las coloco en su cuarto. Yo mismo hago la guirnalda que usted debe llevar. ¡Pero cuidado! No debe decírselo a los que hacen preguntas indiscretas. Debemos obedecer, y el silencio es una parte de la obediencia; y obediencia es llevarla a usted fuerte y llena de salud hasta los brazos que la esperan. Ahora siéntese tranquila un rato. Venga conmigo, amigo John, y me ayudará a cubrir el cuarto con mis ajos, que vienen desde muy lejos, desde Haarlem, donde mi amigo Vanderpool los hace crecer en sus invernaderos durante todo el año. Tuve que telegrafiar ayer, o no hubieran estado hoy aquí.
Entramos en el cuarto, llevando con nosotros las flores. Las acciones del profesor eran verdaderamente raras y no creo que se pudiera encontrar alguna farmacopea en la cual yo encontrara noticias. Primero cerró las ventanas y las aseguró con aldaba; luego, tomando un ramo de flores, frotó con ellas las guillotinas, como para asegurarse de que cada soplo de aire que pudiera pasar a través de ellas estuviera cargado con el olor a ajo. Después, con el manojo frotó los batientes de la puerta, arriba, abajo y a cada lado, y alrededor de la chimenea de la misma manera. Todo me pareció muy grotesco, y al momento le dije al profesor:
-Bien, profesor, yo sé que usted siempre tiene una razón por lo que hace, pero esto me deja verdaderamente perplejo. Está bien que no hay ningún escéptico a los alrededores, o diría que usted está haciendo un conjuro para mantener alejado a un espíritu maligno.
-¡Tal vez lo esté haciendo! -me respondió rápidamente, al tiempo que comenzaba a hacer la guirnalda que Lucy tenía que llevar alrededor del cuello.
Luego esperamos hasta que Lucy hubo terminado de arreglarse para la noche, y cuando ya estaba en cama entramos y él mismo colocó la guirnalda de ajos alrededor de su cuello. Las últimas palabras que él le dijo a ella, fueron:
-Tenga cuidado y no la perturbe; y aunque el cuarto huela mal, no abra hoy por la noche la ventana ni la puerta.
-Lo prometo -dijo Lucy, y gracias mil a ustedes dos por todas sus bondades conmigo. ¡Oh! ¿Qué he hecho para ser bendecida con amigos tan buenos?
Cuando dejamos la casa en mi calesín, que estaba esperando, van Helsing dijo:
-Hoy en la noche puedo dormir en paz, y quiero dormir: dos noches de viaje, mucha lectura durante el día intermedio, mucha ansiedad al día siguiente y una noche en vela, sin pegar los ojos. Mañana temprano en la mañana pase por mí, y vendremos juntos a ver a nuestra bonita señorita, mucho más fuerte por mi "conjuro" que he hecho. ¡Jo!, ¡jo!
Estaba tan confiado que yo, recordando mi misma confianza de dos noches antes y los penosos resultados, sentí un profundo y vago temor. Debe haber sido mi debilidad lo que me hizo dudar de decírselo a mi amigo pero de todas maneras lo sentí, como lágrimas contenidas.

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