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La vieja ermita
 
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Sasel
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Registrado: Nov 07, 2012
Mensajes: 9

MensajePublicado: Jue Nov 08, 2012 4:43 pm Asunto: La vieja ermita Responder citando

Si agudizásemos el oído y prestáramos atención a algunas de las innumerables conversaciones que se oyen en una taberna, nos daríamos cuenta de cuantas historias se pierden para nunca jamás ser recuperadas entre el humo de los cigarros y el olor a cocina y sudor, en un ambiente cargado entre agrio y acogedor. Muchos temas son superficiales y totalmente desechables. Hablar por hablar. Perder un poco de tiempo entre trago y trago de cerveza. Sin embargo, hay algunos que son interesantísimos. Incluso transcendentales para la vida misma de los interlocutores, aunque éstos ni siquiera lo sepan.
En una de estas tabernas de montaña llena de expertos exploradores y fornidos montañeses, se encontraban charlando dos jóvenes, sentados al lado de la barra con un par de jarras de cerveza como testigos mudos de sus divagaciones. Las palabras fluían sin cesar, hasta que sin darse cuenta acometieron su tema favorito: el de lo inexplicable. Una extraña pasión se despertaba en ambos chicos cuando comentaban historias de fantasmas. Les gustaba sentir esa inquietud que provoca el misterio y lo desconocido. Intentaban sorprenderse el uno al otro con alguna historia nueva que pudiese alimentar su fantasiosa imaginación; Pero aquel día no había ninguna historia nueva. Estaban entreteniéndose fanfarroneando y bromeando.
- Entonces dices que podrías dormir solo en el bosque totalmente a oscuras y a la intemperie ¿No es cierto?- dijo el mayor de los dos jovenes.
- Desde luego que eres pesado. Ya te he dicho que sí. De hecho lo he tenido que hacer varias veces.
- ¿Y nunca te ha dado miedo? ¿No te has asustado?
- Bueno, la primera vez me puse un poco nervioso porque veía que la tarde oscurecía y no me daba tiempo a llegar a la cabaña, entre otras cosas porque estaba diluviando. Pero cuando se me echó la noche encima estaba demasiado cansado como para preocuparme de nada, y me dormí casi sin darme cuenta -Jose Luis que era como se llamaba el menor de los jóvenes, hizo una pequeña pausa para tomar un trago de cerveza y proseguir a continuación – y ya sabes, una vez que has hecho una cosa, puedes volver a hacerla mil veces.
- Vaya, si que eres valiente hombre – dijo de manera burlona Ángel, el mayor de los dos – . Pues yo te apuesto lo que quieras a que no eres capaz de una cosa, tan intrépido como eres.
- Dímela, que seguro que es una tontería.
Ángel tras una pausa y con una sonrisa desafiante le dijo:
- ¿Serías capaz de dormir una noche metido en un ataúd?
- Pero bueno ¿Eso era? Pues que original; No comprendo como puede asustar a nadie esa idea, si se tiene que estar agusto y todo.
- Sí, sí, agustísimo; Mira, ¿Estarías dispuesto a hacerlo por...cien mil pesetas?
- Por mí encantado, pero esto va en serio; Me tienes que dar las cien mil pesetas de verdad- dijo entusiasmado por la idea Jose Luis, que veía dinero fácil en aquella apuesta.
- Si la pasas, yo al día siguiente te las doy seguro. Palabra. Ahora bien, el ataúd estará cerrado.
- Bueno, eso ya es distinto.
- Tranquilo, que al día siguiente a primera hora, te sacaría de allí con el dinero bien reluciente en la mano.
Viendo el semblante de Ángel, Jose Luis supo que aquello iba en serio, por lo cual se alegró todavía más y pasó a interesarse por los detalles.
- Bueno ¿Y en qué lugar quieres que esté el ataúd? ¿en un cementerio?
Como de la nada se oyó una voz ronca anticipándose a cualquier respuesta:
- En la vieja Ermita.
Los dos amigos entrecruzaron sus miradas sorprendidos por la inesperada intrusión. Enseguida se dieron media vuelta y vieron a un hombre mayor de unos sesenta años, plantado justo detrás de ellos. A primera vista, no hubiesen sabido decir si se trataba de un lugareño o un vagabundo. También podría reconocerse vagamente en él a un aristócrata o intelectual venido a menos, por el aura de prestancia que desprendía su alta figura. Se adornaba de abundante y descuidada barba,manchada por las canas de una nievecilla sucia. Su piel curtida por el sol estaba plagada de profundas arrugas, huellas de una vida seguramente dura. En su ropa vieja y desgastada no faltaban visibles remiendos y no pocas luminosas manchas o lamparones que evidenciaban restos de comida. Las botas embarradas parecían ser parte de los pies, ya que daban la impresión de no haber sido descalzadas en mucho tiempo.
El extraño les miraba con atención, espectante mientras se producía un silencio, hasta que al fin éste sonrió despertando de su trance.
- ¡Oh, perdonadme! Siento haberme metido en vuestra conversación pero me ha parecido muy interesante-dijo de manera amigable aquella persona a modo de disculpa-. Además, estoy admirado por la decisión que tienes chico -dijo refiriéndose a Jose Luis.
- Tampoco es para tanto. Estabamos hablando de tonterías. Cuando estamos aburridos nos ponemos a hablar de estas cosas- explicó Jose Luis, restándole importancia al asunto-.
- Pero entonces ¿La apuesta no iba en serio?- dijo algo decepcionado el hombre dirigiéndose esta vez a Ángel.
- Pues aún no nos habíamos decidido del todo, pero...
- Te doy un millón de pesetas si te metes en el ataúd- interrumpió rapidamente el extraño.
- ¡¿Qué?!- dijo Jose Luis en voz alta abriendo totalmente los ojos.- Al comprobar que el gesto del hombre no cambiaba prosiguió diciendo:- Por ese dinero claro que lo hago.
- Estamos de acuerdo entonces. El trato está hecho. Dame la mano.
Jose Luis le estrechó la mano maravillado por la suerte que estaba teniendo.
- Por cierto, me llamo Sebastían, aunque se me conoce por el viejo Lin.- Se presentó el hombre sonriendo ampliamente.
Ángel aún impactado por la rapidez e importancia del acontecimiento preguntó:
- ¿Y dónde está la vieja ermita esa? No sabía de su existencia.
- Está a unas dos horas de aquí caminando. Si nos damos prisa llegaríamos a tiempo antes de que oscureciese. Solo hay que tomar el camino estrecho que hay un poco más arriba.
- Pues vamonos ya.- Concluyó Jose Luis visiblemente contento aproximándose la cerveza a la boca para darle un último sorbo.- El tiempo es oro. Y hablando de oro ¿Cómo puedo estar seguro de que me va dar el dinero?
- Muy sencillo- dijo Lin sacando una maltrecha y abultada cartera del bolsillo trasero de su pantalón-. Aquí lo tienes.
El hombre abrió la cartera ofreciendo su contenido a Jose Luis que con asombro observó que había dentro un buen fajo de billetes. Contó con celo el dinero y curiosamente contenía la cantidad exacta que habían acordado. Eufórico, Jose Luis invitó a Ángel a que viese él también el dinero. Lin se guardó la cartera de nuevo y dijo:
- Seguidme pues muchachos.- Y a la invitación de aquel extraño hombre los tres abandonaron el concurrido local.
Una vez fuera, Lin les señaló el camino y dirigió de inmediato el viaje. Lo que al principio les había parecido una persona cansada y derrotada por la vida, se había tornado en un ágil y veloz caminante.
Hacía una tarde muy agradable, sin una nube en el cielo, soplando un vientecillo que disipaba por completo el calor producido por la marcha. La montaña se mostraba verde y resplandeciente y el canto de los pájaros hacía aún más agradable aquella especie de excursión.
Mientras andaban iban charlando sobre setas, flores y demás temas relacionados con la montaña, hasta que el hombre recordó el motivo por el cual estaban allí.
- Si no me equivoco ya falta poco para dar con la senda. He recorrido esta montaña cientos de veces y siempre he descubierto cosas nuevas. Una de ellas fue la vieja ermita ¡Menuda suerte tuve! Pocos saben que existe y menos donde se encuentra.
- ¿Y qué tiene de especial esa ermita que la hace tan terrorífica?- Interrumpió Ángel.
- Nadie ha dicho que sea terrorífica- explicó Lin-, pero es un lugar que me resulta muy interesante. Vereis, de pequeño oía historias sobre esa ermita, leyendas y cosas así.
- ¿Qué clase de leyendas?- Dijo esta vez Jose Luis.
- Habladurías de viejas que no tienen nada mejor que hacer que invertarse cuentos para asustar a los niños.Unas decían que se aparecían espíritus. Otras aseguraban haber visto a la mismísima Virgen María. Incluso hubo quienes juraban que era un lugar maldito habitado por una bruja. Por eso, al encontrarla, podeis imaginaros la ilusión que me hizo ver ese sitio del que tanto había oído hablar.
Pronto encontraron la senda de la que hablaba Lin, la cual conducía a la ermita. Era comprensible que aquel lugar lo conociese poca gente ya que el camino había sido borrado casi por completo por la maleza. Constantemente tenían que apartar ramas y plantas para poder avanzar.
Jose empezó a preguntarse por el aspecto que tendría aquella ermita; Sin duda debía ser de lo más siniestra, con figuras y alguna vidriera de aspecto lúgubre. Algo perturbador se debía encontrar allí. Un millón de pesetas así lo requerían.
Ángel por su parte tenía sus pensamientos enfocados en algo muy distinto. Una idea comenzó a rondarle por la cabeza e iba adquiriendo más y más fuerza. Estaban solos, completamente solos en medio de la montaña, acompañados por un hombre al que acababan de conocer y que llevaba consigo una gran cantidad de dinero. ¿Y si sufriese algún inesperado accidente? En la taberna nadie parecía haberle conocido, con lo cual un golpe en la cabeza que le hiciese perder el sentido se convertía en una idea muy seductora. A medida que avanzaban el plan iba cobrando forma de manera más clara y firme en la mente del muchacho. Pero estando a punto de decidirse Lin anunció:
- Mirad, allí es. En ese claro está.
Contrariado por el prematuro hallazgo, Ángel dijo:
- ¿Ya llevamos dos horas caminando?
- Si quieres continuamos otras siete- dijo Jose Luis, desconocedor de las intenciones de su amigo.
Efectivamente habían llegado. En un pequeño claro de árboles se alzaban unas piedras que a duras penas se sostenían.
- ¿Esto es la ermita?- Dijo incrédulo Jose Luis.
- ¿Qué era lo que esperabas? ¿Un templo enorme en mitad de la nada?- Lin comenzó a reir sin parar.
Los dos jovenes estaban desilusionados. Jose Luis por aquella broma de mal gusto que tenía frente a él en forma de piedra y Ángel por ver como su plan se había desvanecido en un abrir y cerrar de ojos.
La construcción semiderruida que tenían delante estaba formada por enormes bloques de piedra no muy bien apilados entre si. Entre piedra y piedra crecía musgo debido a la humedad del lugar. En el centro de la fachada principal había una carcomida puerta de madera que daba la impresión de que si alguien la tocara se caería hecha pedazos. En lo más alto de los poco más de tres metros de piedra se hallaban unas ridículas ventanas de tamaño y aspecto penosos, con los cristales rotos. En conjunto, una planta rectangular de un puñado de metros cuadrados.
- Entremos a ver que os parece- dijo el viejo Lin.
La puerta se abrió tras un par de empujones y los muchachos pudieron echar un vistazo al interior de la estancia. La ermita era sin duda alguna muy antigua. Carecía de bancos y a modo de asientos había dispuestos en el suelo grandes rocas redondeadas en su parte superior. En el centro se encontraba un túmulo de hierro oxidado. Apoyados en las paredes laterales se encontraban tablones y troncos de madera. En la pared frontal había varias figuras de santos descoloridas y estropeadas. En medio de ellas había una virgen con la cara casi borrada por la humedad y el paso del tiempo; Lo único que quedaba de ella eran dos agujeros que hacían de ojos y una pequeña grieta que simulaba ser una boca. A los pies de las imágenes había esparcidos muchos restos de velas.Y por último, al lado de la puerta, se podía ver un inquietante y muy oportuno ataúd puesto en pie apoyado en la pared. Éste no tenía nada de especial. La madera estaba casi podrida y carecía de cualquier tipo de adorno.
- Menudo sitio- dijo Jose Luis adentrándose en la habitación poco a poco-. El peligro más que los espíritus va a ser la enorme humedad que hay; Creo que voy a pasar frío.
- Mientras solo sea eso perfecto. Ayudadme a poner la caja sobre el túmulo- dijo Lin.
- ¿Y qué hace un ataúd aquí?- preguntó Ángel.
- Parece ser que este sitio se utilizaba para velar a los muertos- contestó Lin.
- Entonces ¿En ese ataúd ha habido algún muerto?- Dijo Ángel mirando de soslayo a Jose Luis para ver si encontraba en su rostro algún indicio de inquietud.
Jose Luis impertérrito dijo:
- Pues poca gente los velaría. En la ermita esta no caben muchas personas.
Los tres alzaron la maltrecha caja para depositarla en el túmulo.
- Vaya, parece que voy a estar a cierta altura reposando– dijo Jose Luis observando el metro de altura que separaba la caja del suelo-. Me vais a tener que ayudar a subir sin que me caiga.
- ¿Ya te quieres meter ahí?- preguntó Ángel.
- Ya está oscureciendo; Me da igual estar metido unos minutos más que menos.
Lin y Ángel ayudaron a Jose Luis a meterse en el ataúd y una vez con el joven echado dentro de éste, se dispuso el viejo a colocar la tapa.
Todo estaba dispuesto, aunque todavía quedaba cerrar la caja. Lin rapidamente se dispuso a hacerlo con unos largos clavos que iba asegurando de manera parsimoniosa y concienzuda.
- Bien muchacho, aquí comienza nuestra apuesta. Ahora tu amigo y yo nos iremos para luego volver al amanecer y sacarte de ahí. Mientras, solo tienes que esperar aquí y descansar. Descansar tranquilamente.
- Que duermas bien- dijo Ángel riendo-. Nos veremos mañana.
- Dormiré bien y me despertaré aún mejor- contestó el muchacho animado por la cercanía de un dinero casi regalado.
Sin más, Lin y Ángel salieron de la ermita cerrando tras de si la destartalada puerta, y sin decir una palabra emprendieron el camino de vuelta a la taberna. Quedaba muy poco para ser de noche y una borrosa luna vigilaba su retorno. Caminar por la senda era ahora mucho más difícil por la ausencia de luz y los tropiezos se sucedían continuamente.
- Cuidado con los pies- advirtió Lin-. Un tobillo torcido nos complicaría mucho la vida.
- No se preocupe señor- dijo Ángel sin apartar la mirada del suelo.
Lin iba delante de Ángel a unos dos metros de distancia. Fue levantando la vista y divisando la silueta del viejo recortada en el paisaje cuando al joven le asaltó de nuevo aquella idea que había tenido en el viaje de ida. No sería difícil la operación. Un golpe rápido y decidido en la cabeza era suficiente para vencer a aquel extraño. Podría quitarle el dinero y volver a la ermita a por su amigo, antes de alejarse más.
No llevaban mucho camino recorrido cuando Ángel se agachó para coger una piedra adecuada que previamente había seleccionado. Asiéndola fuertemente con la mano se acercó a Lin por la espalda y en un rápido y violento movimiento golpeó la cabeza del hombre haciendo que éste se desplomara en el suelo. Asegurándose de que estaba totalmente inconsciente le quitó la cartera de su pantalón, sacó el dinero y la volvió a meter, ya vacía, entre las ropas del viejo.Corriendo se dirigió hacia la ermita con cuidado de no caer, dejando a Lin escondido entre la maleza de uno de los lados de la senda. El chico no se percató de que los ojos del viejo sonreían maliciosamente.
Jose Luis estaba acomodando su cuerpo intentando sentirse agusto. Buscaba la postura idónea para no tener molestias esa noche. Aquello sería como dormir sobre una mesa de madera y la idea no le desagradaba en absoluto, pero por primera vez se dio cuenta de lo limitado de sus movimientos, cosa en la que no había reparado hasta entonces. Apenas podía maniobrar con los brazos; Enseguida chocaban con los laterales de su lecho; Lo mismo que ocurría al intentar doblar las rodillas. La oscuridad era absoluta y un silencio sepulcral se iba apoderando del lugar. Lo único que lo rompía era el roce de su cuerpo contra la madera. Finalmente creyó alcanzar una postura que no le incomodaba demasiado y paró de moverse. El silencio era ahora lo que le intranquilizaba. No se oía absolutamente nada. Ni aves nocturnas, ni grillos, ni viento. Nada.
Lo que al principio le había parecido un juego de niños empezaba a mostrar dificultades. El joven esperaba a que en cualquier momento algo sonase, pero ese momento no llegaba. Y mientras más se alargaba la espera más parecía encoger el tamaño del féretro y mayor era la presión que éste ejercía sobre el cuerpo de Jose Luis. Echaba de menos como nunca cualquier halo de luz. La oscuridad y el silencio le ahogaban, le robaban el aire y esto hizo que empezase a tener dificultades para mantener el ritmo de su respiración. Las piernas y los brazos empujaban la madera como si ésta fuera a aplastarlo. La cabeza le decía que todo aquello no eran más que bobadas y que ya iba siendo hora de controlarse y dejar de comportarse como un niño, pero lo que sentía su cuerpo era muy distinto. Quería saltar, correr, dar volteretas, golpear algo. Soltar aquella energía que se iba acumulando poco a poco a medida que pasaban los minutos. No entendía el por qué pero no podía evitarlo. Intentaba convencerse con que aquello no era para tanto, sin embargo cada músculo de su cuerpo estaba en extrema tensión. Pensó que podía silbar para tranquilizarse un poco, pero al momento sintió vergüenza de si mismo al imaginar la situación. ¿Qué pensaría alguien que llegase a la ermita y viese el ataúd cerrado, presidiendo la habitación con una persona silbando dentro? Se dió cuenta de lo cómico que resultaría y lo que era una sonrisa, pronto pasó a convertirse en una gran carcajada nerviosa e incontralada. No podía parar de reirse; Incluso cuando ya aquella imagen había escapado de su mente seguía riendo de forma histérica.
Subitamente, un traicionero temblor apareció en su cuerpo adueñándose de él. Necesitaba voluntad, no dejarse arrastrar por la situación.
- ¡Sé fuerte! Eres fuerte, nada ni nadie te va a hacer daño, no pasa nada. ¿Por qué tiemblas? No tienes frío imbécil. Es solo un ataúd; Un asqueroso ataúd en medio de un montón de piedras mal puestas.¿Esto te dá miedo? Si has dormido en sitios peores- pero Jose Luis no dejaba de temblar. Luchaba, pero la angustia comenzaba a apoderarse de él. Su mente y su cuerpo no se ponían de acuerdo. Jadeaba irregularmente; Arañaba la madera; El pánico se reflejaba en sus ojos. Pero oyó algo que lo devolvió en si. Parecían pisadas, aunque no estaba seguro. Fuera, a cierta distancia, alguien se acercaba; Aquello tan simple le había salvado. Poder oír algo, lo que fuese, era todo un alivio y por fin, agotado por la tensión, el joven relajó completamente su cuerpo.
Las pisadas se detuvieron justo al otro lado de la puerta de la ermita.
Jose Luis reaccionó y preguntó en voz alta:
- ¿Hay alguien ahí?
- Sí, estoy aquí- respondió Ángel con la voz entrecortada.
- Menos mal- Jose Luis resopló profundamente para continuar diciendo- Sacame de aquí, por favor; No sé que me pasa pero antes casi me da un ataque de ansiedad.
- Tranquilo que ahora te saco- dijo en voz alta Ángel que aún seguía fuera.
- Pues date prisa, que no se por qué estas tardando tanto- dijo Jose Luis Impaciente.
- Si me doy prisa pero no puedo abrir la puerta.
- ¡Dale una patada!- Gritó Jose Luis.
Pero no oyó tal patada. Otra vez todo era silencio.
- ¿Ángel?- preguntó Jose Luis- ¿Ángel estas ahí? Mira, no estoy para bromas; En serio te digo que casi me da un ataque- dijo angustiado por la situación- ¿Ángel?- volvió a llamar- ¡Ángel!- Gritó.
Acto seguido profirió innumerables maldiciones y blasfemias.
- ¡Sacame de aquí imbécil!- Gritó fuera de si Jose Luis.- Esta te juro que me la pagas ¿Dónde coño te has metido?
No obtuvo respuesta. Tampoco se oían pisadas. Ángel debía permanecer en silencio, quieto al otro lado de la puerta, y esta idea ponía furioso a Jose Luis que quería saber lo que estaba pasando.
Bajando el tono de su voz dijo Jose Luis intentando comprender:
- ¿Es que has visto algo? Si es asi dá dos pequeños golpecitos en la puerta.
Pero nada se oyó.
Jose Luis aceptó entonces que su amigo no estaba ya allí. ¿Pero dónde se había metido? No había oído nada; Parecía como si el aire se lo hubiese llevado de repente. El joven agudizó el oído pero seguía sin oír nada. Así estuvo un par de minutos hasta que se resignó agotado. La noche estaba siendo una mala pesadilla. Primero casi pierde el control y luego su amigo desaparece de manera perturbadora. No se había hecho a la idea, pero al imaginarse la ermita en medio de las tinieblas un terror le asaltó. Ahora recordaba las leyendas que le había comentado Lin. Evidentemente se trataban de cuentos absurdos, pero al imaginarse que pudieran ser minimamente ciertos preocupaban y mucho al muchacho. Además se encontraba indefenso allí metido. Estaba expuesto a cualquier peligro sin poder hacer nada para remediarlo.
- ¡Dios mío! ¿Dónde me he metido?- se maldijo asustado. Su imaginación empezaba a jugarle malas pasadas y se le ocurrían todo tipo de ideas siniestras y aterradoras. No había peor momento para oír lo que acababa de oír. Jose Luis se quedó petrificado al instante. Había oído claramente una risa. Una tímida risa, al parecer de una niña, que provenía justo de detrás de él, de la parte donde se encontraban las figuras. El desconcierto no solo lo provocaba el hecho de que alguien riera en lo que parecía una estancia solitaria; No había oído nada previamente que le hiciese pensar que estaba acompañado; Lo verdaderamente sobrecogedor era la naturaleza de aquel sonido. Una risa entrecortada carente de sentimiento, con algo de infantil, que parecía querer imitar una risa normal adulta. A los pocos segundos se le unió otra risa, esta vez de hombre. Ambas provenían del mismo sitio. Jose Luis no podía hablar ni moverse debido al espanto. Un par de objetos golpearon el suelo a su espalda para a continuación arrastrarse, aproximándose poco a poco hacia el féretro mientras las aborrecibles risitas no cesaban de oírse. El sonido del arrastre parecía de madera o porcelana y las extrañas risas se aproximaban a su vez, colocándose finalmente a ambos lados del ataúd. Éstas resonaban a la altura de los oídos del joven como si las bocas que las emitían estuviesen apoyadas en la parte externa de la caja. De repente un lamento lejano surgió desde lo más profundo de la montaña. Un lamento largo de dolor y agonía infinita. Jose Luis al borde de la histeria supo que se trataba de la voz de su amigo Ángel. Entonces el cielo se iluminó con un formidable relámpago, tan cegador que su luz llegó a los desorbitados ojos de Jose Luis a traves de los poros de la madera que lo atrapaba. Simultaneamente un horrísono trueno hizo temblar la tierra, al tiempo que uno de los rayos que adornaban aquel firmamento de infierno impactó en los restos de la pequeña espadaña de la ermita. Comenzó así el diluvio. El estruendo de mil truenos se confundía con el crepitar del agua de las cataratas celestes. Un huracán enloquecido arrancó de cuajo la puerta de la ermita y un gruñido salvaje se erigió sobre el temporal. Un gruñido profundo y maléfico proveniente de la más maldita de las criaturas que se encontraba a pocos metros de la entrada del santuario.Las risas no paraban de proferir su odioso sonido y unas pesadas pezuñas se acercaban a la habitación. La criatura bramaba de manera monstruosa mientras los truenos golpeaban una y otra vez el cielo ensordeciendo la montaña y como eco se oía el lamento desgarrado de un muchacho. Jose Luis se iba a desmayar cuando de repente todo cesó y la voz de una anciana dijo:
- ¡Oh!, pero ¿Quién hay ahí metido?
- ¡Yo!- gritó esperanzado Jose Luis- ¡Estoy aquí, dentro del ataúd!
- Pero ¿Qué hace un pobre muchacho encerrado ahí?- dijo llena de tristeza la anciana- ¿Quién es el desalmado que te ha hecho esto?
- Señora, tenga cuidado; Corre usted peligro, hay algo monstruoso acechándonos.
- ¿En dónde? Aquí desde luego no hay nada.- dijo la anciana.
Jose Luis captó de inmediato un tono extraño en la voz de la anciana; Le hablaba larga y detenidamente como a un niño de cuatro años.
- Señora ¿No ha oído unos gritos? Alguien le está haciendo daño a mi amigo.
- ¿Gritos? Yo no he oído nada muchacho.
Confuso, Jose Luis la increpó:
- Pero si se podían oír los gritos a pesar de la tremenda tormenta.
- ¡¿Una tormenta?! Pero si no ha caído una gota en toda la noche. El cielo está cubierto de estrellas.
- ¡¿Qué?!- Jose Luis no podia salir de su asombro.
- Pobre, pobre chico, se ve que has tenido que sufrir mucho metido en un sitio tan horrible como ese- dijo sin cambiar su tono de voz la anciana.
- ¿No hay nadie en este antro?- Dijo Jose Luis.
- Aquí estamos solos tú y yo.- Contestó la anciana.
Jose Luis resopló aliviado por lo que parecía haber sido una mala pesadilla. Pero había sido tan real. Quizás al sufrir el ataque de ansiedad comenzó a delirar y a sufrir alucinaciones. No podía creer que todo hubiese pasado. Después del pánico, de la angustia, de la agonía vivida por el joven, una balsámica tranquilidad se adueñó de su mente cual potente anestesia y Jose Luis entró en un estado casi catatónico.
- ¿Quieres que te saque de ahí joven?- preguntó la anciana.
Jose Luis ahora más calmado, se quedó pensando y al fin dijo:
- ¿Qué hora es?
- Es muy temprano, aún no ha amanecido pero ya falta poco.
Jose Luis estudió la situación y no dudó.
- Entonces puede dejarme aquí. No falta mucho para que vengan a buscarme.
La anciana perpleja y divertida dijo:
- ¿No quieres que te saque de ahí?
- No hace falta, muchas gracias, pero sí me encantaría que me hiciese compañía hasta que amaneciese.- Dijo Jose Luis.
- Asi que... ¿No quieres que te saque?- Preguntó entre ahogadas carcajadas la anciana.
- No, gracias.- Dijo Jose Luis alegremente.
La mujer reía y reía cada vez más sonoramente, caminando con dificultad hacia el ataúd. Tenía que apoyarse sobre la caja para no caer al suelo. Jose Luis también comenzó a reir, contagiado por el ataque de risa de la anciana, hasta que ambas risas se fueron desvaneciendo quedando al poco tiempo los dos en silencio. Un minuto de tenso silencio, hasta que el chico sintió como si se helara la sangre en sus venas. Una voz abominable cargada de maldad y odio extremo le susurró:
- ¡Necio!
La voz demoníaca provenía sin duda de la anciana. A partir de ese momento la mujer no paró de repetir una palabra.
- Carne, carne, carne, carne...
Jose Luis no podía comprender lo que allí estaba sucediendo.
La anciana babeaba abundantemente mientras gritaba con frenesí:
- ¡Carne!
Alzando los brazos y con el rostro desencajado exclamó:
- ¡Abú dakré, abú ser-li-na, abú...
De inmediato comenzó una labor. Jose Luis intentaba adivinar de que se trataba. Oía a la anciana yendo y viniendo al féretro. Escuchaba como tablones y leños estaban siendo depositados bajo el túmulo metálico.
Jose Luis preguntó tartamudeando:
- ¿Qué es lo que está haciendo?
La anciana hizo caso omiso a sus palabras y siguió con su tarea; Afanosa; Eufórica.
- ¿Qué hace?- dijo sollozando- Por favor, dígamelo.
La única respuesta que obtuvo fue una estridente risa.
La anciana había concluído de amontonar leña bajo el féretro y ahora estaba rociando algún líquido extraño sobre él. El olor era nauseabundo.
- Cu-san fola. Distré okli. Lotra Kaelní- dijo solemnemente la anciana de pie frente al ataúd.
- ¿Qué está haciendo?- Dijo penosamente el joven.
Enfurecida por la interrupción, la bruja gritó:
- ¡Calla puerco miserable! Asqueroso imbécil, solo eres carne.
La bruja proseguía su salmodia:
- Durente liscé, abú caiu...
Jose Luis golpeaba desesperadamente las paredes de madera con las piernas y con los brazos. Toda su energía era descargada en violentas acometidas que solo conseguían aumentar su desesperación.
- ¡Dejeme salir, loca! ¡Quiero salir de aquí!- gritó con todas sus fuerzas el muchacho.
Burlándose, la anciana contestó:
- ¿Pero no querías quedarte ahí dentro? Pues ahí te quedarás. - y rompió a reir.
Un denso olor comenzó a surgir. Algo se quemaba y al oír el crepitar de las llamas Jose Luis se percató espantado de que se trataba de los troncos que tenía debajo de él.
- ¡No, no! ¡¿Qué es lo que hace?!- Gritaba el joven.- ¡Socorro, socorro!- La desesperación le daba fuerzas para seguir implorando auxilio.
- ¡Ángel, Ángel!
La bruja al oír aquel nombre le dijo:
- ¿Ese era tu amiguito, verdad? Sí, esa rata traicionera. Tranquilo no le llames más, ya se encuentra aquí con nosotros.
- ¿Qué? ¿Ángel, dónde estás?- Preguntaba Jose Luis llorando.
- Es difícil decirlo- respondió la bruja-, está en varios sitios a la vez. Está en la hoguera, está dentro de mí y está dentro de mi fiel sirviente Lin. Antes de venir a por ti, hemos dado buena cuenta de tu amiguito, y puedo asegurarte que estaba en su punto.
El pobre muchacho ahora comprendió, aunque demasiado tarde. Logró descifrar las sonrisas irónicas, las miradas oblicuas, la actitud demasiado solícita y servil del viejo; Ahora entendía todo.
La vieja, esta vez con nítida voz le susurró:
- El elegido habías sido tú; Había que castigar tu temeridad, tu estupidez y tu arrogancia. Pero tu amigo cometió el fatal error de atacar a Lin por dinero, por la asquerosa codicia. Él también merecía el final que tuvo.
El olor a leña quemada empapaba el aire y el humo se introducía inexorablemente en el ataúd.
Jose Luis tosía espasmodicamente, cuando sintió el calor en su espalda.
Un calor que pasó a ser un dolor que iba a más poco a poco. Comprendiendo lo que significaba, frenético gritó:
- ¡No! ¡No quiero morir así, no quiero morir así! ¡Ah!
El dolor era inimaginable; Sentía como la madera ardiente se adentraba en su piel. Su cara y su cuello se hincharon y amorataron. Sus ojos parecían proyectarse hacia fuera como si intentaran salir de la cara. Un peso intolerable le oprimía el tórax. Sintió como su propio corazón agónico volaba hacia el eterno descanso. Entonces respiró de forma inmensamente larga y ruidosa y murió.
Al fondo alguien sonreía. Entre las figuras un rostro,que parecía pertenecer al de una virgen, sonreía disfrutando del espectáculo que estaba presenciando. La risita infantil y entrecortada no paraba de salir de su boca agrietada. La ofrenda había sido bien recibida.

FIN
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MensajePublicado: Lun Dic 31, 2012 6:02 am Asunto Responder citando

Ya te lo comenté por privado, pero reitero mi sorpresa (grata, por supuesto) tras la lectura de tu relato. Normalmente, el primer y principal error en el que caen los escritores primerizos es el hecho de no medir bien los tiempos. O hacen de la historia una carrera de Fórmula 1 donde todos los acontecimientos se suceden a tal velocidad que es imposible seguir el orden de los mismos, o se recrean en exceso en los detalles, ralentizándola hasta el más absoluto tedio.

Sin embargo, tu has logrado encontrar un equilibrio perfecto entre ambos extremos para que el relato resulte interesante y atractivo, a su vez. Es el mismo equilibrio que he apreciado en lo que a vocabulario y estructuras gramaticales se refiere. Consigues que sea una lectura sencilla y que entre por los ojos, pero sin hacer de ella algo vulgar e insustancial.

Como detalles a mejorar, deberías prestar más atención a las tildes y algún que otro término que lo repites en un espacio de tiempo breve. Pero eso es cuestión de tomarse el hecho de hecho de escribir con calma y paciencia y releer una y otra vez lo que uno mismo ha redactado.

En cuanto al colofón, yo dejaría un final más abierto de lo que lo haces tú. Ten en cuenta que la magia de la lectura radica en que el lector se imagine las situaciones sin que le vengan dadas muy mascaditas. Si expresas con pelos y señales todo lo que sucede, se pierde esa esencia al no obligarle al lector a que piense sobre aquello que haya podido acontecer.

Es mucho mejor, por tanto, o que dejes un final abierto (y que sea el lector el que haga su propia lectura del mismo) o que lo hagas intuir pero no de una manera expresa. Como ocurre con el erotismo, mejor sugerir que enseñar.

Pero, como digo, me parece en términos generales un gran ejercicio de redacción por tu parte y te animo a que compartas más relatos tuyos con todos nosotros Very Happy

¡Y los demás ya estáis tardando en leerlo! Wink
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